Xcaret y la cultura maya: ¿apropiación o una carta de amor a México?
- Ian Poot Franco

- hace 2 días
- 5 Min. de lectura
En los últimos días, a raíz de un litigio que llegó a la Suprema Corte de Justicia de la Nación, se ha reavivado un debate recurrente en el turismo mexicano: el supuesto “lucro” de Grupo Xcaret con la cultura maya. El argumento de algunos colectivos es que el parque utiliza símbolos, narrativas y expresiones culturales que pertenecen a los pueblos originarios.
Sin embargo, desde la perspectiva del turismo —y particularmente desde quienes hemos trabajado en el sector— vale la pena hacer una reflexión más profunda.

Una carta de amor a México
Durante décadas, gran parte de la oferta turística en México se limitaba a vender sol, playa y gastronomía estandarizada. En ese contexto, Xcaret fue pionero en algo que hoy parece obvio pero que en su momento fue revolucionario: construir un producto turístico basado en la identidad mexicana.
No se trataba sólo de entretenimiento.
Se trataba de contar una historia.
Mientras muchos destinos vendían “tacos y margaritas”, Xcaret apostó por poner en escena la riqueza cultural del país, incluyendo tradiciones, cosmovisiones y narrativas vinculadas a los pueblos originarios.
El espectáculo nocturno del parque, por ejemplo, se convirtió en una especie de carta de amor a México, donde conviven danzas, rituales y símbolos que buscan recordar la profundidad cultural del país.
La Travesía Sagrada Maya: una tradición rescatada
Un ejemplo muy claro es la Travesía Sagrada Maya, una representación histórica que recuerda la antigua peregrinación marítima que realizaban los mayas desde Pole (actual Xcaret) hacia la isla de Cozumel para rendir tributo a la diosa Ixchel.

Según las crónicas históricas, los navegantes partían desde la costa continental en canoas para llegar al santuario de la diosa en lo que hoy es el sitio arqueológico de San Gervasio, donde se realizaban ofrendas y consultas espirituales.
Esa travesía formaba parte de la vida religiosa y comercial de la región. Pero con el paso de los siglos, la práctica desapareció.
Durante generaciones simplemente dejó de realizarse.
Fue precisamente Grupo Xcaret quien decidió revivir esa tradición, investigarla, reconstruir las embarcaciones, entrenar a los remeros y organizar cada año la travesía ceremonial.
Sí, lo hace con logística, presupuesto y organización moderna.

Pero también es cierto que sin esa capacidad organizativa la tradición seguiría desaparecida.
Hoy la Travesía Sagrada Maya se presenta como una celebración cultural que involucra a comunidades, remeros y participantes que vuelven a navegar el mismo trayecto que sus antepasados recorrieron hace siglos.
La pregunta incómoda es evidente:
si no se hubiera rescatado desde el turismo, ¿quién la habría realizado?
Tradiciones que el turismo ayudó a visibilizar
Aquí aparece un punto incómodo para el discurso de la apropiación cultural: muchas de las tradiciones que hoy se discuten ya no se practicaban de manera cotidiana.
La modernización, la migración y la pérdida de transmisión intergeneracional provocaron que numerosas prácticas culturales se debilitaran o desaparecieran.
El turismo, en algunos casos, no fue quien las destruyó, sino quien ayudó a visibilizarlas nuevamente.
Podrá discutirse si esa representación es teatral o estilizada —como ocurre en prácticamente todos los parques culturales del mundo—, pero negar que contribuyó a reintroducir estos elementos en la conversación pública sería ignorar una realidad evidente.
¿Quién decide quién es heredero de la cultura?
El debate también abre una pregunta más profunda: ¿quién tiene la autoridad para reclamar la propiedad de una cultura?
La cultura maya no pertenece a una sola comunidad, organización o colectivo. Es una civilización milenaria cuya herencia se encuentra dispersa en lenguas, apellidos, territorios, investigaciones académicas y expresiones culturales contemporáneas.
De hecho, gran parte del desciframiento de la escritura maya moderna se debe al trabajo del lingüista soviético Yuri Knórozov, cuyos estudios revolucionaron la comprensión de los glifos mayas. No es casual que Xcaret haya impulsado incluso un centro de investigación dedicado a esta línea de estudio.
Esto abre otra reflexión: la cultura también se construye a partir de quienes la investigan, la difunden y la mantienen viva en el presente.

Turismo y cultura: una relación inevitable
El turismo cultural existe en todo el mundo. Los maoríes en Nueva Zelanda, las tradiciones hawaianas o los pueblos indígenas de Canadá participan —de una u otra forma— en circuitos turísticos que reinterpretan su identidad.
La pregunta no debería ser si el turismo puede o no interactuar con la cultura, porque esa interacción es inevitable.
La verdadera pregunta es otra:
¿cómo se comparte ese valor cultural y económico?
El riesgo de criminalizar la promoción cultural
En México estamos entrando en una etapa peligrosa: cada vez que alguien promueve la cultura o el patrimonio, surge inmediatamente la acusación de “apropiación”.
Algo similar ocurrió cuando el Instituto Nacional de Antropología e Historia reaccionó contra contenidos virales del influencer Mr. Beast grabados en zonas arqueológicas. La línea entre proteger el patrimonio y desincentivar su difusión se vuelve cada vez más delgada.
Si cada intento de promoción cultural termina en tribunales, el resultado puede ser paradójico:
menos difusión, menos interés y menos recursos para preservar aquello que se busca proteger.

El gobierno vs Xcaret
No es la primera vez que el sector turístico enfrenta decisiones contradictorias desde el poder público. En los últimos años, varias políticas del gobierno de la llamada Cuarta Transformación han generado tensiones con la industria turística. Un caso emblemático es el parque Xibalbá, proyecto de Grupo Xcaret en Yucatán que representó una inversión de miles de millones de pesos y que permanece cerrado por cuestionamientos ambientales. La paradoja es evidente: mientras un parque turístico diseñado bajo estándares de sostenibilidad queda detenido durante años, el megaproyecto del Tren Maya avanzó atravesando selva, modificando ecosistemas y perforando zonas de cenotes en la península. El mensaje para la inversión turística resulta, cuando menos, confuso: proyectos privados que históricamente han hecho de la sustentabilidad una bandera enfrentan bloqueos prolongados, mientras las grandes obras gubernamentales avanzan con criterios mucho más flexibles. En un país donde el turismo representa uno de los motores económicos más importantes, esta incertidumbre regulatoria termina enviando una señal preocupante a quienes están dispuestos a invertir en el desarrollo turístico de largo plazo.
Más promotores culturales, no menos
Los pueblos originarios de México enfrentan hoy un enorme reto: reconstruir y fortalecer su identidad cultural en el siglo XXI.
Para lograrlo, necesitan aliados, investigadores, promotores culturales y sí, también empresas turísticas que apuesten por narrar esa historia.
Xcaret podrá gustar o no gustar. Podrá criticarse su estilo, su narrativa o su escala. Pero negar que durante décadas ha sido uno de los mayores promotores de la identidad cultural mexicana dentro del turismo sería ignorar un hecho difícil de refutar.
En lugar de preguntarnos quién puede contar la historia de México, quizá deberíamos preguntarnos algo más importante:
¿quién está dispuesto a hacerlo?
Y en ese terreno, el turismo —bien hecho— sigue siendo uno de los aliados más poderosos para mantener viva la memoria cultural del país.



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