¿Y si la Corte acaba de criminalizar la promoción turística y cultural de México?
- Ian Poot Franco

- 26 mar
- 8 Min. de lectura
Cuando promover México empieza a parecer delito
Cuando yo era niño, iba en sexto de primaria y vi a un danzante conchero.
Con la ingenuidad total de un niño, le pregunté:
—Oye, ¿me puedo poner tu penacho?
Su respuesta fue seca:
—No. Tú no puedes, porque tú no eres como nosotros.
En ese momento no lo entendí del todo.
Años después entendí que, probablemente, se refería a esto:
“tú no eres indígena”.
Y sin embargo, ahí empieza el absurdo.
Porque yo tengo apellido Poot, apellido de raíz maya.
Entonces, si nos vamos por la lógica identitaria dura, ¿qué sigue?
¿Que yo sí podría y alguien apellidado Sánchez, Hernández o Pérez no?
¿Quién decide eso?
¿Un juez?
¿Un consejo?
¿Una asamblea?
¿Un burócrata?
¿Un activista con superioridad moral?
¿La Suprema Corte?
Porque en un país como México, donde todos somos resultado de mezclas, cruces, herencias, despojos, continuidades y rupturas, pretender repartir certificados de autenticidad cultural es una idea peligrosísima.
Y, sin embargo, hacia allá parece querer llevarnos el nuevo criterio de la Corte en el caso Xcaret.
No nos engañemos: esto no sólo trata de una empresa, de una marca o de una campaña publicitaria.

Esto trata de una pregunta mucho más grande:
¿En México se puede promover la cultura nacional o ahora eso ya corre el riesgo de convertirse en sospecha, litigio o pecado ideológico?
Porque si la respuesta es que todo uso turístico, visual, simbólico o narrativo de lo indígena debe ser perseguido, condicionado o sospechado por defecto, entonces lo que se está criminalizando no es a Xcaret.
Se está criminalizando la idea misma de vender a México desde lo mexicano.
Y eso, francamente, es un tiro en el pie.
México vive de contar lo que es
México no vende sólo camas de hotel.
México no vende sólo parques, restaurantes, playas o transportación.
México vende imaginario, historia, símbolos, identidad, rituales, colores, arquitectura, gastronomía, mitología, paisaje cultural.
Eso es el turismo.
No nos hagamos.
El turismo no existe sólo como logística.
Existe como relato.
Y ese relato, en un país como el nuestro, inevitablemente toca lo indígena, lo mestizo, lo colonial, lo popular, lo regional, lo ceremonial, lo artesanal y lo ancestral.
Entonces, si hoy se instala la idea de que usar esos elementos en promoción turística equivale casi automáticamente a “apropiación indebida”, estamos entrando en un terreno delirante.
Porque entonces habría que hacer la pregunta incómoda:
¿Ya no se puede usar iconografía maya en un hotel en Quintana Roo?
¿Ya no se puede hablar de cosmovisión, tradiciones o herencia cultural en una experiencia turística?
¿Ya no se puede recrear una travesía histórica?
¿Ya no se puede vender artesanía mexicana dentro de un resort?
¿Ya no se puede tematizar un parque alrededor de la historia local?
¿O sí se puede… pero sólo si te bendicen ciertas personas autoproclamadas como administradores de la identidad?
Porque ahí está el problema.
Y aquí aparece la hipocresía más obscena de todas: el Estado sí puede usar la marca “Mundo Maya”, vender hoteles Tren Maya, tematizar rutas enteras con narrativa identitaria, promocionar artesanías, zonas arqueológicas, gastronomía y hasta diseños “inspirados en la cultura maya” sin que nadie grite apropiación cultural. El propio Tren Maya promociona paquetes como "Corazón del Mundo Maya", comercializa hospedaje en Hoteles Mundo Maya / Hoteles Tren Maya, y su narrativa oficial presume experiencias “inspiradas en la cultura Maya” como parte central del producto turístico. Pero cuando una empresa privada mexicana hace exactamente lo que el propio gobierno hace todos los días —usar el imaginario cultural del sureste para vender turismo— entonces sí se vuelve sospechoso, inmoral o litigable. O sea: si lo explota el régimen, es “rescate cultural”; si lo explota un privado exitoso, es “apropiación”. Entonces no se está defendiendo a los pueblos originarios: se está administrando ideológicamente quién sí puede lucrar con la mexicanidad y quién no.

La cultura no es propiedad horizontal con caseta de vigilancia
Una de las trampas más peligrosas del discurso contemporáneo sobre “apropiación cultural” es esta fantasía de que las culturas funcionan como si fueran una privada cerrada:
“Tú sí entras, tú no entras.
Tú sí puedes usar esto, tú no.
Tú sí puedes representarlo, tú no.
Tú sí puedes cobrar, tú no.”
Pero las culturas no funcionan así.
Las culturas viven precisamente porque circulan, se mezclan, se reinterpretan, se reactivan, se reescenifican, se reinventan.
Si no, se mueren.
Y aquí hay algo que mucha gente prefiere no decir por miedo a ser cancelada:
No todo uso contemporáneo de una tradición es explotación.
A veces también es rescate, visibilización, reactivación y continuidad.
Y sí: también puede haber abuso, caricatura, explotación o vulgarización.
Claro que sí.
Pero pasar de ahí a la idea de que todo aprovechamiento turístico es ilegítimo por definición es una barbaridad conceptual.
Porque entonces ya no estamos defendiendo cultura.
Estamos museificando cultura.
La estamos encerrando en una vitrina moral para que nadie la toque, nadie la use, nadie la proyecte y nadie la convierta en motor económico.
Y esa no es protección.
Eso es esterilización cultural.
El caso Xcaret incomoda porque exhibe la hipocresía del debate
Aquí es donde muchos se ponen nerviosos, pero hay que decirlo claro:
Xcaret podrá gustarte o no gustarte, pero durante décadas ha hecho algo que el Estado mexicano rara vez ha sabido hacer bien: convertir la mexicanidad en una experiencia exportable, deseable y económicamente poderosa.
Eso incomoda muchísimo a cierta élite moral e intelectual.
Porque en México existe una contradicción grotesca:
Nos encanta decir que hay que “valorar nuestras raíces”, “honrar a los pueblos originarios”, “reivindicar la identidad”, “descolonizar la mirada”…
…pero cuando una empresa mexicana toma esa identidad, la empaqueta bien, la hace aspiracional, la vuelve espectáculo, producto, narrativa y negocio global, entonces de pronto aparecen los puristas a decir:
“No, así no.”
¿Entonces cómo?
¿Sólo en tesis de posgrado?
¿Sólo en coloquios?
¿Sólo en museos subvencionados?
¿Sólo en festivales con subsidio?
¿Sólo si no genera dinero?
Porque parece que a muchos les encanta la cultura indígena siempre y cuando no sea rentable.
Y eso también es profundamente clasista.
La verdad incómoda: muchas tradiciones sobreviven porque alguien las reactiva
Aquí hay otro punto que se evita por corrección política:
muchas prácticas, relatos y formas culturales que hoy se exhiben como “ancestrales” no han sobrevivido intactas en línea recta durante quinientos años.
No.
Han tenido cortes, silencios, transformaciones, olvidos, mestizajes, reinvenciones, reconstrucciones.
Y eso no las hace falsas.
Las hace humanas.
La idea romántica de que existe una pureza cultural congelada, administrada por guardianes incontaminados del pasado, es una fantasía.
Hasta la propia historia maya que hoy admiramos fue durante mucho tiempo incomprendida, fragmentada y parcialmente inaccesible para el gran público.
La escritura maya, por ejemplo, sólo empezó a entenderse de forma sólida a partir de los grandes avances de desciframiento del siglo XX, incluido el trabajo decisivo de Yuri Knórozov y otros investigadores.
Eso significa algo muy importante:
mucho de lo que hoy entendemos, admiramos y promovemos de la herencia maya es producto de reconstrucción, interpretación y reactivación contemporánea.
Y eso no debería escandalizar a nadie.
Al contrario: debería recordarnos que las culturas no sólo se “conservan”.
También se vuelven a contar.
La pregunta que nadie quiere responder: entonces, ¿quién decide?
Y aquí está el corazón del problema.
Si se sostiene que ciertos símbolos, narrativas o elementos culturales no pueden usarse libremente en promoción turística, entonces la siguiente pregunta es inevitable:

¿Quién autoriza?
Y no es una pregunta menor.
Es una bomba.
Porque si la respuesta es:
“Los pueblos originarios”
entonces hay que aterrizarlo en el mundo real.
¿Cuáles?
¿Quiénes los representan?
¿Bajo qué procedimiento?
¿Con qué legitimidad?
¿Con qué alcance territorial?
¿Con qué facultades?
¿Sobre qué símbolos exactamente?
¿Con qué criterio histórico?
¿Con qué prueba de continuidad?
¿Con qué base jurídica clara?
Porque una cosa es defender derechos colectivos.
Y otra muy distinta es crear una especie de aduana cultural permanente donde nadie sabe quién firma, quién cobra, quién permite y quién prohíbe.
Y eso es exactamente lo que vuelve tan riesgoso este precedente.
La propia cobertura del caso deja ver ese vacío: la Corte revocó la suspensión que permitía a Grupo Xcaret seguir usando elementos del patrimonio cultural maya en su publicidad mientras se resuelve el juicio de fondo, bajo la lógica de que el interés público y social en la protección del patrimonio pesa más que el interés comercial de una empresa. Además, se discutió si la autorización invocada por Xcaret —ligada al Gran Consejo Maya de Quintana Roo— era suficiente o no para representar válidamente al conjunto del pueblo maya.
Ese es precisamente el problema.
Porque si ni siquiera está claro quién puede consentir válidamente, entonces el mensaje al sector turístico es demoledor:
“Muévete bajo riesgo. Usa tu propia cultura, pero atente a que mañana alguien diga que no podías.”
Así no se construye certeza jurídica.
Así se construye miedo.
Y el mensaje perverso al mercado es clarísimo
Aquí viene la parte más absurda de todas.
Si usar lo mexicano, lo maya, lo local, lo ancestral y lo identitario se vuelve un campo minado legal y reputacional…
¿qué va a pasar?
Lo obvio.
Los desarrolladores, hoteleros, operadores y marcas van a empezar a pensar:
“¿Sabes qué? Mejor no me meto en problemas.”
Y entonces sí:
mejor un parque con licencia extranjera,
mejor una experiencia genérica,
mejor un hotel “internacional” sin identidad local,
mejor un concepto tipo Las Vegas tropical,
mejor un storytelling importado,
mejor pagarle a Disney, Nickelodeon, Marvel o quien sea,
mejor vender fantasía global que meterse con patrimonio nacional.
Y entonces habremos logrado la gran hazaña del progresismo cultural mexicano:
hacer más seguro comercialmente vender franquicias gringas que vender México.
Bravo.
De verdad, bravo.
Porque eso sí sería una derrota cultural monumental.
La doble moral también cansa
Y sí, también hay que decirlo:
es profundamente irritante que muchos de los mismos actores institucionales y políticos que hoy se rasgan las vestiduras por la “defensa de la identidad” sean los primeros en usar vestimentas tradicionales, símbolos indígenas y puestas en escena comunitarias cuando les conviene para la foto, la campaña, la ceremonia o la legitimación simbólica.
Ahí sí no hay apropiación.
Ahí sí no hay problema.
Ahí sí no hay lucro simbólico.
Ahí sí no hay explotación estética del indígena.
Pero si una empresa mexicana construye una narrativa turística rentable, entonces sí se encienden las alarmas morales.
Esa hipocresía ya cansa.
Porque al final parece que el verdadero pecado no es usar la cultura.
El verdadero pecado es hacerla económicamente poderosa fuera del monopolio del discurso correcto.
Defender la cultura no puede significar prohibir su circulación
A ver: hay que ser serios.
Sí, debe haber límites.
Sí, debe haber respeto.
Sí, debe haber reconocimiento.
Sí, debe haber beneficios compartidos cuando corresponda.
Sí, debe evitarse la caricaturización vulgar.
Todo eso está bien.
Pero una cosa es regular con inteligencia y otra muy distinta es mandar el mensaje de que promover la cultura mexicana desde el turismo es sospechoso por naturaleza.
Porque si esa va a ser la línea, entonces nos estamos disparando solos.
Y además, estamos traicionando algo elemental:
la cultura también necesita mercado, escenario, relato, circulación y deseo.
No sobrevive sólo con discursos.
No sobrevive sólo con sentencias.
No sobrevive sólo con moralina.
Sobrevive cuando la gente la ve, la busca, la vive, la consume, la recuerda, la visita y la integra a su imaginario.
Eso, nos guste o no, también lo hace el turismo.
Y en eso, Xcaret —con todos los matices, contradicciones y defectos que se le quieran encontrar— ha sido infinitamente más eficaz que muchísimas instituciones públicas.
La pregunta final es brutalmente simple
Si México no puede vender a México…
¿entonces qué sí puede vender?
¿Una playa sin historia?
¿Un hotel sin raíz?
¿Un parque sin identidad?
¿Una experiencia esterilizada para no ofender a nadie?
¿Un país empaquetado como si estuviera avergonzado de sí mismo?
Porque si el costo de “proteger” la cultura es volverla intocable, litigable, sospechosa y económicamente tóxica, entonces no la estamos protegiendo.
La estamos condenando a la irrelevancia.
Y ahí sí perdemos todos.
No sólo Xcaret.
Perdemos como país.
Perdemos como destino.
Perdemos como narrativa.
Y perdemos, sobre todo, la posibilidad de seguir diciendo con orgullo algo que debería ser obvio:
México tiene derecho a promoverse a sí mismo desde lo que es.
Y si eso ahora incomoda a la Corte, a los comisarios de la pureza cultural y a los nuevos burócratas de la identidad…
entonces quizá el problema no es México.
Quizá el problema es que ya hay demasiada gente dispuesta a defender la cultura… siempre y cuando no se use, no se toque, no se venda y no brille.



Excelente Ian Poot. Claro y directo.
Desafortunadamente no desarrollas quien es el demandante y bajo que criterios "permitiría" que Xcaret (empresa mexicana con identidad mexicana), continúe con el "uso" de SU identidad maya. Este es un problema de dinero, de extorsión legalizada por la CSJN. Y lo qué sigue!!
A mi perra le puedo poner MAYA??