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Después de la borrachera viene la realidad

Ya pasó la fiesta, ya se apagaron los cánticos en el Ángel, ya guardamos las banderitas tricolor y ahora toca hacer cuentas. Y las cuentas, como siempre que interviene el gobierno mexicano, no cuadran.

Nos vendieron un Mundial de cinco punto cinco millones de turistas. Cinco punto cinco millones, dijo la Secretaría de Turismo con esa seguridad que solo da la ignorancia técnica combinada con la necesidad política de tener una buena noticia que presumir. La realidad llegó, como siempre llega, sin pedir permiso ni disculpas: apenas poco más de setecientos mil visitantes pisaron las tres sedes mexicanas. Y ojo, dije visitantes, no turistas, porque aquí hay una diferencia que el gobierno se salta convenientemente cuando le conviene inflar la cifra y recuerda cuando le conviene lo contrario. Turista es quien se queda, quien pernocta, quien deja una derrama real en hoteles, restaurantes y comercio local. Visitante es el que llega, ve un partido, se toma la foto en el Zócalo y se va sin dejar prácticamente nada. Confundir uno con otro no es un error de dedo, es una estrategia de comunicación.

La cifra no la inventé yo ni la sacó ningún opositor resentido. La calculó Moody's, una calificadora que no tiene absolutamente ningún interés en quedar bien ni mal con Palacio Nacional. Su estimación profesional, hecha con metodología y sin necesidad de quedar bien con nadie, fue de setecientos sesenta y ocho mil visitantes. La diferencia con la cifra oficial no es un matiz, no es un margen de error razonable, es una fantasía multiplicada por siete. Cuando la realidad te desmiente por un factor de siete, ya no estamos hablando de optimismo, estamos hablando de otra cosa, y esa otra cosa tiene nombre: mala planeación, inexperiencia técnica y, seamos honestos, un uso político y hasta corrupto de las expectativas.

Aquí conviene ser justos con la aritmética antes de repartir culpas completas: México solo tuvo trece de los ciento cuatro partidos del torneo, repartidos en tres sedes. Nunca, jamás, íbamos a tener el impacto económico de un Mundial completo. Eso cualquier consultor de turismo con dos dedos de frente lo sabía desde el principio. El problema no es que el impacto fuera menor, el problema es que alguien decidió venderlo como si fuéramos a tener el impacto completo, y ese alguien lo hizo con plena conciencia de que estaba inflando un globo que tarde o temprano iba a reventar frente a las cámaras.


La cifra de cinco punto cinco millones no fue un cálculo, fue una utopía. Y de utopías mal planeadas ya sabemos bastante en esta ciudad, ahí tenemos de ejemplo las utopías de Clara Brugada, que también se vendieron como transformación social y terminaron siendo, en el mejor de los casos, buenas intenciones sin sustento técnico. El patrón se repite porque la lógica es la misma: se confunde comunicación política con planeación técnica, se confunde propaganda con estrategia, se confunde el deseo de tener una buena narrativa con el trabajo aburrido y poco fotogénico de hacer proyecciones serias basadas en datos.


Y aquí viene lo que a nadie en el gobierno le gusta escuchar: el Mundial se usó como cortina de humo. Mientras se presumían cifras gigantes de turistas que nunca llegaron, seguíamos teniendo los mismos problemas de siempre, la inseguridad que ahuyenta a cualquier turista informado y los pésimos servicios urbanos que cualquier visitante extranjero detecta en cuanto pisa la calle. No es casualidad que la afluencia real haya sido tan baja, es consecuencia directa de que el país que se quiso vender como sede mundialista sigue siendo, en el fondo, el mismo país con los mismos pendientes estructurales que nadie quiere resolver porque no da tantos likes como un estadio lleno.

Lo que se necesitaba no era un genio de la comunicación ni un influencer disfrazado de funcionario. Se necesitaba una estrategia turística real, profesional, verificable, aterrizada en cifras que pudieran sostenerse cuando llegara la hora de la verdad. Se necesitaba humildad técnica en lugar de heroísmo discursivo. En cambio, tuvimos otra vez el mismo guion: prometer el cielo, entregar el suelo, y cuando las cifras no cuadren, cambiar de tema.

La borrachera del Mundial ya se acabó. Ahora toca la cruda, y en esta cruda lo único que queda claro es que en este país seguimos confundiendo gobernar con hacer propaganda, y turismo con relaciones públicas. Setecientos mil visitantes son la resaca de una fiesta que se anunció para cinco millones. Saquen sus propias conclusiones sobre quién les debe una explicación.

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