Malinche, el musical: espectáculo, atmósfera y una narrativa que se queda a medio camino
- Ian Poot Franco

- hace 1 día
- 4 Min. de lectura
Asistir a Malinche, el musical en el Frontón México es, antes que nada, una experiencia sensorial poderosa. Desde el primer momento, la ambientación se roba la atención: réplicas museográficas de la Coatlicue, del Tzompantli, de los Atlantes de Tula, y un diseño escénico que construye una atmósfera mística, casi ceremonial. No son piezas originales, pero cumplen su función: crear un entorno simbólico que conecta con lo prehispánico y despierta curiosidad. En términos de turismo cultural, ahí el montaje acierta plenamente.

La primera parte del espectáculo es intensa. Hay escenas fuertes, una musicalización bien lograda y música en vivo —teclados, percusiones, arreglos— que sostienen el ritmo narrativo. Técnicamente, el montaje está bien ejecutado y tiene momentos visuales y sonoros memorables.
El problema aparece cuando uno empieza a mirar más allá de la forma y se adentra en el fondo. El guion es, por momentos, hueco. Tiene saltos, omisiones y decisiones narrativas que simplifican un proceso histórico profundamente complejo. Se nota la reinterpretación desde la mirada de Nacho Cano, quien fuera integrante de la banda Mecano, un creador que viene a contar América desde Europa. Algo similar a lo que ocurrió cuando Apocalypto generó debate o cuando Batman Azteca provocó discusiones sobre la hispanofobía y la leyenda negra.
No es un problema que un extranjero narre nuestra historia. El problema es cómo se narra. El discurso que sugiere que “vinieron a evangelizarnos con el verdadero Dios” puede funcionar en España, pero en México resulta peligroso por lo que implica: resta profundidad, minimiza la violencia y romantiza un proceso que estuvo lejos de ser armónico.
Hoy pareciera que seguimos atrapados en dos guerras narrativas. Por un lado, la visión hispanista que insiste en la civilización y la salvación. Por otro, una idealización de los pueblos originarios como sociedades perfectas, puras e inmaculadas. Y ninguna de las dos es verdadera. Ni el imperio mexica fue, perfecto ni los españoles vinieron a civilizarnos.

Antes de llegar a Tenochtitlán ocurrió la matanza de Cholula, y con ella una serie de asesinatos, traiciones y masacres que marcaron el avance español. Y después vendrían más: sometimiento, explotación, destrucción cultural. Romantizar el mestizaje sin detenerse en estos hechos no es un acto poético, es una omisión grave. No se puede construir identidad desde el olvido selectivo. Negar estas violencias sería tan absurdo como querer negar cualquier otra tragedia histórica.
Pero tampoco se trata de quedarnos atrapados eternamente en la narrativa del dolor. Durante décadas, México se explicó desde la herida: desde Visión de los vencidos de Miguel León-Portilla, o Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano, o también desde la introspección identitaria de El laberinto de la soledad. Fueron obras necesarias, fundamentales, pero también hijas de su tiempo. Hoy necesitamos avanzar, sí, pero avanzar sin borrar.

Aceptar que somos hijos de Malinche y de Hernán Cortés implica asumir la complejidad completa del origen: violencia, negociación, traición, adaptación, imposición, mezcla. Los mexicas tampoco eran una civilización idílica: fueron imperialistas, conquistadores, dominantes; muchos pueblos sometidos no los querían. Los españoles llegaron con ambición, fiebre del oro, violencia, pero también con estructuras, creencias y aciertos. México nace del choque brutal entre ambos mundos, no de una fusión romántica.
Hacia el final del musical, esta simplificación se vuelve evidente. Hay largos espacios que parecen derivar en un show de flamenco —que quizá habría funcionado mejor como un solo claramente delimitado— y un cierre estéticamente desconcertante: una especie de desenlace punk, con cueros, estoperoles y una estética que pretende simbolizar el mestizaje. La pregunta es inevitable: ¿qué somos al final del relato? El mensaje se diluye justo cuando debería consolidarse.
Y sin embargo, el espectáculo funciona como detonador de conversación. Y eso no es menor. De hecho, donde el relato escénico se queda corto, la experiencia gastronómica sorprende por su claridad.

Donde la experiencia gastronómica supera al guion
Después del espectáculo, la experiencia continúa —y aquí sí con coherencia— en Pelota Mestiza. La propuesta gastronómica no solo acompaña al musical: lo completa. La decoración es espectacular, con referencias claras al juego de pelota mesoamericano (tlachtli o ullamaliztli), incluyendo los aros de piedra —tlachtemalácatl— que evocan de inmediato el ritual, el cuerpo y la cosmovisión prehispánica. Aquí la museografía sí está bien entendida.
El menú apuesta por platillos profundamente endémicos: manchamanteles, guacamole, pozole y otras preparaciones que no buscan reinterpretaciones pretenciosas, sino presentar la cocina mexicana con dignidad, identidad y sabor. La atención en barras, el flujo del servicio, la experiencia de compra y consumo están bien pensados. Como producto mercadológico —servicio, comida, bebida y operación— el concepto es brillante.

Mientras que en el musical se perciben huecos de guion y simplificaciones históricas, en Pelota Mestiza todo está claro: qué se quiere contar, cómo se quiere contar y a quién va dirigido. Y eso, desde una visión turística, es fundamental. El turismo cultural no se construye solo desde el escenario, sino desde la experiencia completa: lo que ves, lo que comes, lo que sientes y lo que recuerdas al salir.

También hay que decirlo con honestidad: más allá de las críticas al guion, en México no abundan espectáculos de esta escala que se atrevan a narrar nuestra historia desde una producción de gran formato y, sobre todo, desde una voz mexicana propia. Salvo propuestas como México Espectacular de el Gran Tlachco de Xcaret, que presentan la Conquista y otros momentos fundacionales dentro de un relato escénico más amplio, faltan shows de este tipo que cuenten nuestra historia con perspectiva mexicana, compleja y sin simplificaciones. Podemos cuestionar el discurso de Malinche —y con razón—, pero también debemos reconocer el espacio que hay para seguir innovando. Hace falta más teatro, más producciones y más apuestas culturales de gran formato que no solo nos entretengan, sino que nos ayuden a comprender quiénes somos desde nuestra propia voz histórica y no desde la mirada de otros.
México no cabe en un guion simple
Malinche, el musical es un espectáculo interesante, visualmente poderoso y técnicamente sólido. Gana en atmósfera y pierde en profundidad narrativa. Abre una conversación necesaria, pero no se atreve a incomodar a ambos lados de la historia. Y justo ahí está la oportunidad perdida.
Porque México no necesita relatos simples ni complacientes. Necesita historias complejas, honestas, incómodas. Solo así podemos entender quiénes somos… y solo así podemos contarle al mundo una historia que valga la pena ser escuchada.




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