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Bad Bunny y la lección turística que nadie quiso ver

Durante mucho tiempo me consideré detractor del Conejo Malo. Lo decía sin culpa y con cierta superioridad moral: “eso no es música”, “eso no es talento”, “eso es puro marketing”. Hoy, con más contexto y menos prejuicio, tengo que admitir algo incómodo: Bad Bunny me obligó a entender cosas que no estaba queriendo ver.


Foto: (REUTERS)
Foto: (REUTERS)

Muchas veces me han preguntado qué le ve la gente, dónde está el talento. Y la respuesta es incómoda para muchos: el talento, en su forma más básica, es común. Basta ir a una cantina, a un restaurante, a un bar de esos con show improvisado, para escuchar a alguien cantar muy bien. Hay miles de voces privilegiadas. El problema nunca ha sido cantar bien.

El verdadero tema es comunicar.

Cantar es solo una herramienta. Ser artista implica mucho más: comunicar un mensaje, generar comunidad, construir identidad, moverte, bailar, tener ritmo, crear contenido original, conectar con una realidad, pegar hits y, sí, entender el juego mercadológico. Y en eso, nos guste o no, Benito Martínez lo entendió mejor que casi nadie.

Se le critica —con razón— por haber iniciado con letras misóginas, hipersexualizadas, llenas de estereotipos. Pero también hay que entender algo clave: cuando tuvo el micrófono más grande del mundo, decidió usarlo para otra cosa. Para hablar de política, de identidad, de gentrificación, de orgullo latino, de no rendirse.

No es nuevo. Lady Gaga hizo exactamente lo mismo. Antes de ser símbolo artístico, se vestía con carne cruda, hacía performance extremo, provocaba. Una vez que tuvo el escenario, mostró el talento, el discurso y la profundidad. El escándalo fue el vehículo; el mensaje vino después.

Bad Bunny no canta “bonito”. Tiene mala dicción, estructuras irregulares y una voz que, en un conservatorio, reprobaría. Pero eso es no entender de qué va esto. El rap (rhythm and poetry) y el trap nacen de la poesía, de las barras que retratan la realidad. Limitar a Bad Bunny a una frase vulgar es como juzgar a The Beatles solo por Yellow Submarine. Si eso es todo lo que ves, el problema no es el artista.

Ha hablado de identidad, de barrio, de cansancio social, de orgullo, de fiesta como resistencia. Y ahí viene lo verdaderamente poderoso: ha hecho más por la identidad latinoamericana que muchos organismos internacionales. Más que la OEA, más que la CELAC, más que discursos oficiales que no conectan con nadie.


La silla de plástico, el niño dormido en ella, la boda, el puesto de tacos, la fiesta que se arma sin planeación, el desmadre ordenado… eso nos une como América Latina. Esa vibra compartida. Esa comunidad caótica, viva, emocional.

Y hay algo más que muchos no quieren aceptar: la música también es para bailarse. No solo para ser analizada. No solo para elevarse intelectualmente. Es cuerpo, sudor, ritmo. Los latinos entendemos eso sin necesidad de explicarlo.

Lo vimos claramente: artistas con voces privilegiadas como Lady Gaga intentando bailar salsa o perrear como Jessica de Alba… y no pudiendo. Porque no se siente, se vive. Este disco lleno de salsa, reguetón, ritmo y cadencia no es casualidad: es un homenaje a lo latino, a lo tribal, a lo corporal.

No siempre hay que escuchar a Mozart. A veces hay que vibrar, reír, cantar, sudar, vivir. Porque también eso es ser humano. Porque hay momentos para el conservatorio y momentos para vivir como si fuera el último día y como diría la canción del BAILE INoLVIDABLE.


Y ahí aparece la frase que duele porque es verdad: debí tirar más fotos. Debí estar más presente. Debimos aprovechar más los momentos cuando los tuvimos.

Por eso, aunque el show fue en Estados Unidos, el verdadero ganador del Super Bowl fue América Latina. Su identidad, su ritmo, su forma de sentir la vida. Y entender a Bad Bunny, nos guste o no, es también empezar a entendernos a nosotros mismos.


Foto: Super Bowl
Foto: Super Bowl

El Caribe no se explica con playas, se entiende con gente

Además, el Conejo Malo aprendió a hacer algo que muy pocos Estados y destinos turísticos han logrado: contar su territorio desde lo esencial, desde la gente. Puerto Rico —isla caribeña por definición— pudo haberse ido por el camino fácil de vender playas perfectas y postales vacías, pero hizo exactamente lo contrario. Habló poco del mar y mucho del barrio; del puesto de comida, de la gente jugando dominó, del niño dormido en una silla, de la boda, del pueblo vivo. Entendió que lo verdaderamente atractivo del Caribe no es la playa, sino las personas que la habitan. Se atrevió a tocar temas incómodos como la gentrificación y, al mismo tiempo, mostró la belleza cotidiana: los trabajadores, los electricistas, la gente común que muchas veces se borra del encuadre para tener una foto “bonita”. Ese gesto —poner a la gente al centro y no esconderla— es uno de los actos de storytelling turístico más poderosos que he visto, muy por encima de cualquier campaña institucional, y una lección clara de que el turismo no debería desaparecer personas para vender destinos.

2 comentarios


Mario, ícaro, Alberto Chávez S
10 feb

Excelente y generoso análisis Ían, celebro con emoción tu sensibilidad y prosa motivadora; ella me lleva a una seria reflexión y estimula mi acción desde la legítima trinchera de ícaro para y con las personas con discapacidad.

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Contestando a

Muchas gracias por tu comentario amigo!!!! Te mando un fuerte abrazo!!!!

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