Belice: tan cerca… y tan desconocido
- Ian Poot Franco

- 2 feb
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 2 feb
Belice es una sorpresa mayúscula. Está ahí, pegado al Caribe mexicano, a unas horas de Chetumal, y aun así sigue siendo uno de los países menos comprendidos y menos visitados por el viajero mexicano. Tan cercano geográficamente y tan distante en lo cultural, en lo mediático y en lo turístico. Y quizá por eso, conocerlo se siente como descubrir un secreto que nadie te había contado.

He estado en Belice en tres ocasiones. Lo he recorrido por mar y por tierra. Y cada viaje confirma lo mismo: Belice no es un destino de una sola visita. Es un país que se revela poco a poco, que no se entiende de golpe y que siempre deja la sensación de querer volver.

Cruzar la frontera ya es parte de la experiencia. Belice fue colonia británica y eso se nota desde el primer minuto: todo está en inglés, las medidas se piden en pies, yardas y galones, y la vida cotidiana funciona bajo una lógica distinta a la mexicana. Pero más allá del pasado colonial, lo que realmente define al país es su mezcla cultural: raíces mayas profundas, migraciones europeas, una fuerte presencia afrocaribeña y, en años recientes, comunidades chinas que hoy forman parte esencial del paisaje urbano. Todo eso convive entre reggae, tambores y una calma caribeña difícil de explicar.

La trampa de la Zona Libre
Un error común al hablar de Belice es creer que ya se conoció el país solo por haber ido a la zona libre a comprar falluca. La realidad es que la ropa ya no es tan barata como muchos imaginan, aunque el lugar sigue teniendo su encanto como primer vistazo a una cultura distinta y sorprendentemente cercana. No se necesita absolutamente nada para entrar, ya que es una zona libre y la frontera real está mucho más adelante; por eso, mucha gente cree que “ya estuvo en Belice” cuando en realidad solo conoció la puntita. Aun así, vale la pena aprovechar para comer bien —el rice and beans aquí se come espectacular— y empezar a probar su gastronomía caribeña desde el primer momento.

Hay algunas tiendas que sí sorprenden, como Calvin Klein y locales de ropa hindú con precios interesantes por su bajo pago de impuestos. Pero Belice es mucho más que eso: quedarse solo en la zona libre es perderse un país que, más allá de las compras, es infinitamente más rico, diverso y espectacular.

Altun Ha: el pasado maya que define a Belice
Visitar Altun Ha es imprescindible. Es una de las zonas arqueológicas más bonitas del país y una de las más representativas de su identidad. Tan importante es, que incluso aparece en la etiqueta de la cerveza local Belikin. Altun Ha recuerda que Belice no es solo Caribe anglófono: también es profundamente mesoamericano.

Santa Rita Corozal: donde nació el mestizaje
En el norte del país se encuentra Santa Rita Corozal, un sitio poco visitado pero históricamente fundamental. Aquí se casó Gonzalo Guerrero con la princesa maya Zazil Há, dando origen a los primeros hijos mestizos de la región. La frontera llegó siglos después; la historia compartida ya existía. Visitar este lugar es entender que Belice y México tienen mucho más en común de lo que creemos.

Belize City: vibrante, caribeña y frente al mar
Belize City es caótica, viva y auténtica. No busca agradar al turista, y justamente por eso tiene encanto. Frente al mar, con ritmo caribeño y vida local intensa, funciona como punto de partida hacia las islas y como una primera toma de contacto con el país real.

San Pedro, Ambergris Caye: la isla que convirtió al Caribe en canción
San Pedro es, sin exagerar, uno de los grandes iconos turísticos de Belice y uno de esos lugares que se sienten más que se explican. Ubicado en Ambergris Caye, este pueblo isleño de casitas de madera, playas tranquilas y ritmo pausado fue la inspiración detrás de La Isla Bonita, la famosa canción de Madonna, y basta caminar por sus calles para entender por qué. Aquí la vida se mueve en carritos de golf, el principal medio de transporte, entre restaurantes con comida espectacular, bares relajados, muelles de madera y un ambiente caribeño que invita a quedarse más tiempo del planeado.

Llegar es parte de la experiencia: puedes hacerlo en ferry desde Chetumal, desde Belize City o desde Corozal, o bien tomar una pequeña avioneta con Maya Island Air o Tropic Air, vuelos cortos y escénicos que te regalan vistas increíbles del mar antes de aterrizar casi frente a la playa. San Pedro es caminar sin rumbo, comer bien, bajar el ritmo y entender por qué muchos viajeros llegan… y empiezan a preguntarse si de verdad necesitan volver a casa.

Caye Caulker: el lugar donde quieres quedarte
Caye Caulker es, sin exagerar, uno de los lugares más especiales que he visitado. Pequeña, multicultural, relajada, con un ambiente rastafari que se siente en cada rincón. Aquí conviven viajeros, locales, música caribeña y una sensación constante de libertad. Caye Caulker no se visita: se adopta. Es el tipo de sitio donde te preguntas seriamente si podrías dejar todo y quedarte a vivir.

Placencia: la calma absoluta frente al Caribe
Al sur aparece Placencia, una de las playas más tranquilas y bonitas del país. Casas de madera, silencio, mar y una costa perfecta para desconectarte del mundo. Aquí se encuentra el Placencia Resort, donde puedes comer sobre el agua, al estilo Bora Bora, pero en versión beliceña. Muy cerca, el Barefoot Bar resume el espíritu del lugar: buena música, tragos accesibles y cero prisas.

La selva de Belice y Ian Anderson’s Caves Branch: naturaleza en estado puro
Para quienes buscan aventura y contacto total con la naturaleza, el Ian Anderson’s Caves Branch es una joya escondida. En plena selva, sin ventanas, solo mosquiteros, desayunos acompañados de monos y un río que marca el ritmo del día. Desde aquí se exploran cuevas, ríos y actividades que recuerdan por qué viajar sigue siendo una experiencia transformadora.
Rice and Beans: el sabor que explica a Belice
Si quieres entender Belice sin abrir un libro de historia, tienes que sentarte a comer. El rice and beans no es solo el platillo típico del país, es una declaración cultural: arroz con frijol cocinado en leche de coco, acompañado casi siempre de pollo guisado, pescado o cerdo, y servido con una cerveza bien fría de Belikin, orgullo nacional.

Este platillo resume perfectamente la identidad beliceña: tiene raíz maya, alma caribeña y herencias británicas que se cuelan en la forma de comer y de servir. En los llamados rice shacks —pequeños locales sencillos, sin pretensiones— se come como come la gente local: rápido, bien servido y con sabor profundo. Y de pronto, en medio de esa mezcla, aparecen sorpresas familiares para el viajero mexicano, como los salbutes, que aquí se reinterpretan y conviven naturalmente con recetas caribeñas y anglosajonas. Comer en Belice es entender que su cocina no busca sofisticación, sino identidad: una cocina honesta, mestiza y profundamente ligada a su historia multicultural.

Cómo llegar: más fácil de lo que imaginas
Desde Chetumal puedes tomar el San Pedro Belize Express Water Taxi hacia las islas, cruzar por tierra hasta Corozal o continuar hasta Belize City para moverte por el país. Las rutas existen. Lo que falta es que más viajeros se animen.


Belice no compite por ser el destino más famoso del Caribe. Y quizá por eso funciona tan bien. Es cercano, auténtico, multicultural y todavía sorprendente. Un país pequeño que demuestra que, a veces, los mejores viajes no están lejos… solo están esperando a ser descubiertos.





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