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El turismo no fracasa por falta de recursos, sino por exceso de silencio

En distintos países desarrollados hay algo que suele darse por sentado: la crítica. No como ataque, no como capricho, sino como un mecanismo social básico para exigir que las cosas se hagan bien. En Japón, Alemania o Francia, cuando el gobierno falla, cuando una obra no funciona o cuando una política pública es incoherente, la sociedad lo señala. Y lo señala fuerte.

En gran parte de América Latina —y particularmente en México— ocurre lo contrario. Aquí el silencio suele ser la norma. Aquí incomodar se confunde con traicionar. Aquí exigir se interpreta como “hablar mal del país”.


Y eso tiene consecuencias directas en el turismo.

No estamos hablando de política partidista. Estamos hablando de hechos: carreteras inseguras, aeropuertos con bajo desarrollo y poca conectividad, proyectos ferroviarios sin integración real con aerolíneas ni con la cadena de distribución turística. Temas que afectan al viajero, a las empresas y al destino. Temas que, si no se señalan, simplemente se normalizan.

Desde distintos espacios —blogs, grupos, encuestas y conversaciones públicas— se han hecho llamados para analizar tanto los aciertos como los errores del sector. No para destruir, sino para mejorar. Sin embargo, cada vez que la crítica aparece, también aparece la incomodidad.

Hemos visto casos claros: miembros del sector que recibieron apoyo, difusión, visibilidad y reconocimiento dentro de un grupo —premios, hoteles, proyectos— y que, cuando la conversación dejó de serles útil o cómoda, optaron por salirse. No por ataques personales, sino porque el grupo se atrevió a cuestionar. Porque no se habló solo de lo bonito. Porque no se aplaudió todo.

Otro caso ocurrió cuando se analizaron los aciertos y las áreas de oportunidad de ferias internacionales como FITUR. No se descalificó el evento, se debatió. Aun así, hubo quien decidió irse.


Ahí es donde el problema se vuelve estructural.

El turismo no avanza cuando solo se habla bien. No crece cuando todo se reduce a traer al funcionario en turno, cortar listones y tomarse la foto. No se fortalece cuando el sector actúa como tapete, evitando incomodar para no perder favores.

Lo más grave es que la represión ni siquiera viene del gobierno. Nadie ha llegado a decir “no hables”, “no critiques”, “no publiques”. La verdadera censura viene desde dentro del propio sector. De colegas. De conocidos. De “Expertos”. De esa cultura de aplaudir al poder aunque las cosas se hagan mal.


Es un fenómeno conocido: en sociedades donde criticar incomoda, el primero en señalarte no es el Estado, es el vecino. El colega. El compañero de gremio. Exactamente como ocurre en sistemas donde la autocensura es más efectiva que cualquier decreto.

Cuando se lanzó una encuesta preguntando si este grupo debía ser crítico —de lo bueno y de lo malo del turismo— la mayoría respondió que sí. La crítica es necesaria. El debate también. Los que se ofenden y se van no representan una censura externa, sino una resistencia interna al cambio.


Y aquí el mensaje es claro y honesto: este espacio seguirá siendo crítico. No militante. No partidista. Crítico.

Quien no esté de acuerdo tiene todo el derecho de no sumarse, de no participar, de no leer. Lo que no es sano es boicotear, descalificar o retirarse indignado solo porque no todo es aplauso al régimen o a la narrativa oficial.


Esto se dice a título personal. Pero también desde una convicción profunda: el turismo no necesita más aplaudidores. Necesita pensamiento crítico, discusión incómoda y gente dispuesta a decir lo que no siempre cae bien.

Porque sin crítica, no hay mejora. Y sin mejora, no hay futuro.

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