Máximo México: dormir en una antigua vecindad convertida en galería
Hay hoteles que nacen alrededor de un proyecto arquitectónico y hay otros que tienen que aprender a vivir dentro de un edificio que ya tenía una historia. Máximo México pertenece a los segundos.
Estuvimos en su inauguración en la Roma Sur y, después de recorrer habitaciones, patios y corredores, probablemente lo que más nos llamó la atención fue precisamente eso: aquí el edificio no parece haberse sometido por completo al hotel; más bien, el hotel tuvo que aprender a acomodarse dentro del edificio.
Y después de conocer su historia, todo cobra sentido.

El inmueble de Manzanillo 47 fue originalmente una vecindad centenaria de la Roma Sur, habitada durante generaciones por distintas familias. Su transformación tomó más de dos años y estuvo a cargo del restaurador Edgar Nacif. En el proceso se conservaron elementos originales de principios del siglo XX, entre ellos pisos y herrería, además de elementos art nouveau, art déco y molduras neoclásicas.
La memoria del lugar no es solamente un argumento de diseño. Una de las actuales colaboradoras del hotel, Delia, creció precisamente en aquella vecindad, cuando las viviendas ni siquiera contaban con baños privados. Décadas después, trabaja dentro del espacio transformado en hotel.

Cuando la irregularidad se convierte en identidad
Aquí aparece uno de los elementos que más nos gustó durante nuestro recorrido.
Estamos acostumbrados a hoteles donde abrir diez habitaciones significa prácticamente conocer una sola: cama en el mismo lugar, baño en el mismo sitio, escritorio, televisión y una distribución repetida hasta el infinito.
En Máximo ocurre algo diferente.
Los antiguos patios, ventanales, corredores y habitaciones de la vecindad condicionaron la transformación del inmueble. Por eso hay espacios donde aparecen dos puertas, circulaciones que inicialmente pueden parecer extrañas y habitaciones en las que uno no necesariamente entra por donde esperaría encontrar la sala.

No fue solamente nuestra impresión. Michell Halley, directora creativa de OHH Collection y cofundadora de Orchid House Hotels, ha explicado que la propia arquitectura fue marcando el proyecto, con sus patios, recovecos y diferentes espacios.
En otras palabras, esa aparente irregularidad es consecuencia de una decisión interesante: no borrar completamente la estructura anterior para fabricar un hotel estandarizado.
Naturalmente, esto también tiene consecuencias prácticas. Una de las primeras opiniones publicadas por huéspedes describe las habitaciones como cómodas y el hotel como tranquilo, aunque señala que algunos espacios pueden sentirse pequeños y que, particularmente en el baño, la distribución puede resultar apretada.
Y quizá ahí está precisamente la disyuntiva de hospedarse en un inmueble recuperado: la personalidad arquitectónica no siempre produce la distribución más eficiente.

¿Hotel o galería?
La segunda característica evidente de Máximo es el arte.
No se trata simplemente de colocar cuadros sobre las paredes de un hotel terminado. La propiedad fue concebida alrededor del arte y del maximalismo, bajo una declaración que difícilmente podría ser más explícita: “Más es Más”.
La curaduría está dirigida por Karla Rojo de la Vega y la primera exposición reúne obra de alrededor de 30 creadores contemporáneos distribuida entre habitaciones, corredores, patios y espacios comunes. El resultado hace que por momentos uno no tenga completamente claro si está recorriendo un hotel con una colección de arte o una galería en la que también es posible dormir.
Y eso nos parece uno de los grandes aciertos del concepto.
El maximalismo está presente en colores, texturas, vegetación, objetos y obras. No pretende pasar desapercibido. En una época en la que muchos hoteles boutique terminaron reproduciendo una estética sorprendentemente parecida —tonos neutros, mobiliario minimalista y espacios diseñados para fotografiarse correctamente— Máximo decide ir en sentido contrario.
Dieciséis habitaciones, no dieciséis copias
Máximo cuenta únicamente con 16 habitaciones, pero existen diferentes configuraciones. Hay estudios con áreas de estancia, habitaciones con balcón y una Cinematic Suite equipada con tina y proyector. Incluso dentro de algunas categorías las superficies varían: por ejemplo, los Premium Studio se anuncian entre aproximadamente 30 y 35 metros cuadrados.
Esto ayuda a entender por qué recorrer el hotel resulta particularmente entretenido. No se siente como una sucesión de puertas que esconden exactamente el mismo producto.
Cada habitación responde de manera distinta a lo que encontró detrás de los muros.
Y esto nos lleva a una reflexión interesante para la hotelería: ¿hasta qué punto debemos sacrificar la personalidad de un inmueble para conseguir eficiencia operativa?
La estandarización facilita muchas cosas. Pero también puede terminar creando hoteles perfectamente funcionales y absolutamente olvidables.
Máximo eligió otro camino.
La Roma Sur también forma parte del hotel
Hay además una decisión geográfica interesante.
Mientras buena parte del crecimiento hotelero y gastronómico se ha concentrado en Roma Norte y Condesa, Máximo se encuentra en Manzanillo 47, Roma Sur.
La propia concepción del proyecto utiliza el barrio como parte de la experiencia: fondas, comercios tradicionales, talleres y nuevos proyectos gastronómicos conviven en pocas calles. No es la Roma perfectamente construida para el visitante, sino una zona donde todavía se mezclan distintas capas de la vida cotidiana de la ciudad.
Y quizá por eso el concepto funciona especialmente bien ahí.
La Roma Sur también es irregular, también tiene capas, edificios de distintas épocas, negocios que llevan décadas junto a establecimientos recién inaugurados y una estética que difícilmente podría calificarse de homogénea.
Más es más… pero la memoria también cuenta
Después de recorrer Máximo México, lo más interesante no es decidir si nos gusta más una habitación, una obra o un patio.
Es entender que la imperfección puede convertirse en parte del producto turístico.
Sí, algunas distribuciones pueden resultar extrañas. Hay puertas donde uno no las esperaría, espacios pequeños junto a otros considerablemente más amplios y habitaciones que no obedecen al manual tradicional de cómo debería organizarse un hotel.
Pero ahí está precisamente su personalidad.
Máximo pudo haber borrado buena parte de aquella vecindad para construir habitaciones mucho más parecidas entre sí. En cambio, conservó pisos, herrería, patios, recorridos y proporciones, y utilizó el arte contemporáneo y el maximalismo para colocar una nueva capa sobre una historia que ya existía.
El resultado se mueve entre hotel, galería, casa antigua y espacio cultural.
Y después de conocer que detrás de esas configuraciones extrañas existieron durante décadas las casas de diferentes familias, incluso nuestra percepción inicial cambia: aquellas puertas aparentemente fuera de lugar comienzan a contar una historia.
Porque quizá restaurar un edificio no significa dejarlo impecable y borrar todas sus rarezas.
A veces significa permitir que siga contando que antes de ser hotel, ya había tenido una vida.
Av. Álvaro Obregón 65 Bis, Roma Norte





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