Los 30 mejores museos de México que tienes que visitar al menos una vez
Desde niño me he dedicado, casi sin darme cuenta, a conocer México a través de sus museos. Cuando no siempre era posible salir de vacaciones, mi mamá nos llevaba a recorrerlos; todavía recuerdo aquel pasaporte en el que íbamos coleccionando stickers de cada museo visitado. Ahí entendí que conocer también es una forma de viajar y que difícilmente podemos decir que conocemos nuestro país si nunca hemos entrado a sus museos. Por eso esta lista es profundamente personal: se la dedico a mi mamá, que me enseñó el placer de aprender, y a México, el país que llevo toda la vida intentando conocer. Me sigue causando gracia encontrar personas que jamás han pisado un museo mexicano y que, en cuanto viajan a París, aparecen fotografiándose en el Louvre. Como dice Arnoldo de la Rocha: “Los viajes ilustran a los ilustrados; los ignorantes son ignorantes muy paseados.” Antes de querer conocer el mundo, quizá deberíamos empezar por conocer lo extraordinario que tenemos en casa.
México podría explicarse a través de sus museos. Tenemos miles de años de civilizaciones, ciudades construidas sobre otras ciudades, castillos, conventos, arte virreinal, dinosaurios, ciencia, surrealismo, arte contemporáneo y algunas de las colecciones arqueológicas más importantes del planeta. Por eso hacer una lista de los mejores museos de México es meterse voluntariamente en problemas.

¿Cómo comparas un dinosaurio con un Rivera, un castillo con una máscara maya o una colección privada con los restos del Templo Mayor? Ésta tampoco pretende ser una lista científica ni definitiva. Son museos que conozco, que me han sorprendido y que recomiendo por su colección, arquitectura, museografía, historia o, simplemente, porque consiguieron algo que para mí debería hacer cualquier gran museo: que salgas queriendo saber más de lo que sabías cuando entraste.
Hay una sola excepción: La Milarca, el único museo de esta lista que todavía no conozco personalmente, pero cuya colección he seguido y me parece tan extraordinaria que sería absurdo dejarlo fuera. ¿El orden? Completamente discutible. Bueno... excepto quizá el primero.
1. Museo Nacional de Antropología — Ciudad de México
Si solamente pudieras visitar un museo en México, tendría que ser éste. El Museo Nacional de Antropología no solamente guarda algunos de los mayores tesoros arqueológicos del país: fue diseñado para intentar explicar México. Su sede actual fue inaugurada el 17 de septiembre de 1964 durante el gobierno de Adolfo López Mateos, con Pedro Ramírez Vázquez al frente del proyecto arquitectónico, y aquel gigantesco complejo fue construido en apenas 19 meses.

Lo verdaderamente revolucionario fue su concepción. No quisieron obligarte a recorrer veinte salas para llegar a la cultura que te interesaba, sino darte libertad. Por eso existe aquel enorme patio central que funciona como distribuidor: puedes ir directamente al mundo maya, mexica, teotihuacano u olmeca, o recorrer el museo completo. En medio aparece El Paraguas, esa monumental cubierta de la que cae una cortina de agua y que terminó convirtiéndose prácticamente en otro símbolo de la Ciudad de México.
Y después están las piezas: la Piedra del Sol, la Coatlicue, las cabezas colosales olmecas, las reconstrucciones arquitectónicas, Teotihuacan, la Sala Mexica y la extraordinaria máscara funeraria de Pakal. Esta última protagonizó además uno de los episodios más increíbles del museo: durante la madrugada de Navidad de 1985, dos jóvenes consiguieron entrar y robar 140 piezas arqueológicas. Durante años se imaginó una sofisticada operación internacional; la realidad terminó siendo bastante más absurda y, casi cuatro años después, las principales piezas fueron recuperadas. Antropología no es solamente un museo espectacular: es el gran museo de México.

2. Museo Internacional del Barroco — Puebla
Hay museos donde la experiencia comienza frente a la primera pieza y otros donde comienza desde afuera. El Barroco pertenece a los segundos. El espectacular edificio diseñado por Toyo Ito, con aquellos enormes muros blancos curvos que parecen estar en movimiento, prepara al visitante antes siquiera de entrar.
Después viene una museografía envolvente que consigue explicar que el barroco fue muchísimo más que iglesias llenas de oro: fue arquitectura, pintura, música, pensamiento y una manera completa de entender el mundo. Es moderno, visual y espectacular; uno de esos museos que demuestran que aprender historia no tiene por qué sentirse como leer un libro de texto.

3. Museo del Desierto — Saltillo, Coahuila
Una absoluta maravilla. Aquí México deja de medirse en siglos y comienza a medirse en millones de años. Dinosaurios, fósiles, evolución, biodiversidad y la extraordinaria historia geológica del norte mexicano forman un recorrido que ayuda a entender que el territorio que hoy conocemos fue alguna vez un mundo completamente diferente.
Quizá su mayor virtud sea conseguir algo dificilísimo: puede fascinar prácticamente igual a un niño que a un adulto. No simplifica la ciencia hasta volverla superficial, sino que la convierte en experiencia. Y cuando un museo consigue que quieras saber más sobre algo que antes ni siquiera te interesaba, hizo bien su trabajo.

4. Gran Museo del Mundo Maya — Mérida, Yucatán
La civilización maya necesitaba un museo de esta dimensión. Desde su arquitectura hasta su museografía, todo está pensado para hablar de una de las culturas más extraordinarias del continente mediante arqueología, antropología, historia y tecnología.
Pero hay algo que me gusta especialmente: los mayas no aparecen solamente como una civilización extraordinaria del pasado. El recorrido recuerda constantemente que el mundo maya sigue vivo, que su lengua, cultura, tradiciones y comunidades continúan formando parte del presente de Yucatán y del sureste mexicano. Eso cambia por completo la manera de contar su historia.
5. Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec — Ciudad de México
Hay un pequeño problema con este museo: a veces el edificio le roba protagonismo a la colección. Porque estás dentro de un castillo que fue Colegio Militar, residencia imperial de Maximiliano y Carlota y, posteriormente, residencia presidencial. No estás únicamente observando la historia detrás de una vitrina; estás caminando dentro de ella.

Habitaciones, carruajes, mobiliario, murales, jardines y terrazas van contando distintos capítulos de México hasta que sales al exterior y aparece frente a ti Paseo de la Reforma. Hay museos extraordinarios por lo que contienen y otros porque resulta imposible separar la colección del lugar. Chapultepec pertenece definitivamente a los segundos.
6. Museo Nacional de Arte (MUNAL) — Ciudad de México
Uno podría entrar al MUNAL, contemplar únicamente su monumental escalera y salir satisfecho, pero sería un desperdicio. El antiguo Palacio de Comunicaciones y Obras Públicas es uno de los edificios más hermosos del Centro Histórico y en su interior encontramos siglos de producción artística mexicana.
Pintura, escultura y diferentes momentos de nuestra historia artística aparecen dentro de salones que podrían ser obras de museo por sí mismos. En el MUNAL sucede algo maravilloso: el edificio y la colección parecen competir constantemente para ver cuál te sorprende más.

7. Museo Amparo — Puebla
Una joya. El Amparo consigue poner frente a frente al México prehispánico, virreinal, moderno y contemporáneo sin que ninguno parezca estar fuera de lugar. Tiene una extraordinaria colección de arte prehispánico, pero además es un museo que constantemente se reinventa mediante exposiciones, intervenciones y nuevas maneras de interpretar sus espacios.
Y luego está su arquitectura. El recorrido atraviesa diferentes épocas del propio inmueble hasta llegar a una terraza extraordinaria desde la que vuelves a encontrarte con la ciudad. Hay un momento en el Amparo en que Puebla misma termina formando parte del museo, y quizá por eso es uno de esos lugares a los que vale la pena regresar.
8. Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC) — Ciudad de México
El gran museo universitario de arte contemporáneo de México ocupa un edificio de Teodoro González de León pensado para permitir instalaciones monumentales, exposiciones experimentales y obras que muchas veces no pretenden ser bonitas ni complacientes.
El arte contemporáneo puede incomodar, desconcertar o incluso provocar que salgas preguntándote qué demonios acabas de ver. Pero precisamente ahí está parte de su atractivo: no siempre pretende gustarte; pretende hacerte pensar. Y ésa también es función de un museo.
9. Museo Soumaya — Ciudad de México
Puedes discutir su arquitectura o su museografía, pero resulta mucho más difícil discutir la dimensión de su colección. El proyecto de Carlos Slim reúne pintura europea, arte mexicano, arte novohispano, artes aplicadas, documentos, monedas y una extraordinaria colección escultórica, incluyendo una de las mayores concentraciones de obra de Auguste Rodin fuera de Francia.
Todo está además dentro de uno de los edificios contemporáneos más reconocibles de la Ciudad de México. El Soumaya es uno de los mejores ejemplos del enorme impacto que puede tener el coleccionismo privado cuando finalmente se abre al público. Puede generar opiniones encontradas, pero es imposible hablar de los grandes museos mexicanos sin incluirlo.

10. Museo del Templo Mayor — Ciudad de México
Éste tiene algo que ningún museo nuevo puede comprar: está exactamente donde ocurrió la historia. Caminas por el Centro Histórico, entre la Catedral y Palacio Nacional, y unos metros debajo de la ciudad contemporánea aparece México-Tenochtitlan.
La zona arqueológica y el museo funcionan prácticamente como una sola experiencia. Ves las piezas y después puedes relacionarlas con el espacio donde fueron encontradas; observas los restos de los templos y entiendes que debajo de las calles, edificios e iglesias de la Ciudad de México existe literalmente otra ciudad. Pocos museos pueden competir con semejante contexto.
11. Museo de las Culturas del Norte — Paquimé, Chihuahua
Una brutalidad y probablemente uno de los grandes museos mexicanos menos conocidos por quienes vivimos en el centro del país. Paquimé rompe además con una versión demasiado simplificada de nuestra historia: México no fue solamente Mesoamérica.
Cerámica, concha, piedra, cobre y turquesa muestran sociedades extraordinariamente sofisticadas y enormes redes que conectaron al norte mexicano con Mesoamérica y con lo que hoy es el suroeste de Estados Unidos. Pero la experiencia tiene un final difícil de superar: terminas el museo y sales directamente a Paquimé. Pocos museos pueden terminar así.
12. Museo Nacional del Virreinato — Tepotzotlán, Estado de México
Otro lugar donde es imposible separar el museo del edificio. El antiguo colegio jesuita conserva pintura, escultura, objetos religiosos y siglos de historia novohispana, dentro de uno de los conjuntos arquitectónicos más extraordinarios del país.
Pero entonces entras al templo de San Francisco Javier y aparecen aquellos gigantescos retablos dorados. Puedes leer cien páginas intentando comprender qué fue el barroco novohispano o puedes pararte unos minutos frente a ellos. Recomiendo lo segundo.
13. Museo Naval México — Veracruz
Una enorme sorpresa. Uno podría imaginar que encontrará unas cuantas maquetas de barcos, fotografías antiguas y poco más, pero nada que ver. Navegación, cartografía, instrumentos, tecnología, conflictos e historia marítima mexicana aparecen mediante una museografía sorprendentemente entretenida.
Éste es exactamente el tipo de museo especializado que me gusta: aquel que consigue que una persona que entró sin saber demasiado del tema salga fascinada. No necesitas ser aficionado a la historia naval para disfrutarlo y quizá ésa sea precisamente su mayor virtud.

14. Universum — Ciudad de México
Un museo para tocar, experimentar y preguntar. Generaciones completas de estudiantes mexicanos han recorrido Universum descubriendo astronomía, física, biología, matemáticas, tecnología y medio ambiente mediante experiencias que buscan hacer de la ciencia algo cercano.
Porque un museo no solamente sirve para conservar el pasado. También puede despertar curiosidad por el futuro, provocar preguntas y conseguir que un niño salga queriendo entender cómo funciona algo que una hora antes ni siquiera sabía que existía.
15. Museo de Arquitectura Maya, Baluarte de la Soledad — Campeche
No necesita ser gigantesco porque tiene algo extraordinario. Dentro de uno de los baluartes de la antigua ciudad fortificada de Campeche encontramos una colección dedicada al mundo maya y una pieza ante la que simplemente hay que detenerse: la máscara de Calakmul, realizada con jade, obsidiana y concha.
Es uno de esos objetos que parecen haber sobrevivido intactos al tiempo y que justifican por sí solos una visita. Además, contemplarla dentro de una ciudad amurallada como Campeche convierte el recorrido en algo todavía más especial. Hay museos enormes y hay museos que guardan una pieza enorme; éste pertenece a los segundos.

16. Museo de la Evolución — Tehuacán, Puebla
Otro museo científico que sorprende. Aquí la historia comienza muchísimo antes de México, de los seres humanos y prácticamente de todo lo que reconocemos: fósiles, geología, evolución y las gigantescas transformaciones naturales del planeta forman un recorrido sumamente visual.
Es de esos museos donde uno aprende sin sentir que está tomando una clase. Y además demuestra algo importante para esta lista: algunos de los museos más interesantes del país no necesariamente se encuentran en las grandes capitales culturales.

17. La Milarca — San Pedro Garza García, Nuevo León
Aquí tengo que hacer una confesión: es el único museo de esta lista que todavía no conozco personalmente. Normalmente eso sería suficiente para no incluirlo, pero he seguido su colección y me parece tan extraordinaria que sería absurdo ignorarlo.
La Milarca nace de la colección reunida durante décadas por Mauricio Fernández Garza y, cuando decimos ecléctica, es en serio. Arte, fósiles, historia, objetos virreinales, numismática y toda clase de curiosidades conviven en un espacio donde prácticamente puedes conocer al coleccionista a través de aquello que decidió coleccionar. Está en mi lista de pendientes y sospecho que cuando finalmente lo visite terminará subiendo posiciones.
18. Foro Valparaíso — Ciudad de México
Éste tenía que estar. El antiguo Palacio de los Condes de San Mateo de Valparaíso ya justificaría por sí mismo la visita, pero además alberga una selección de la extraordinaria colección artística del Banco Nacional de México.
Grandes nombres del arte mexicano aparecen dentro de uno de los edificios virreinales más hermosos del Centro Histórico. Y quizá ésa sea la mejor manera de resumirlo: gran edificio + gran colección. Cuando ambas cosas coinciden, resulta muy difícil que un museo salga mal.
19. Museo Kaluz — Ciudad de México
Otro museo privado que enriqueció enormemente la oferta cultural de la capital. La colección de Antonio del Valle Ruiz reúne miles de piezas y acervos sorprendentes: pintura mexicana, paisaje, exilio español y hasta una importante colección de arte japonés.
Además ocupa un edificio histórico que durante décadas fue conocido como Hotel de Cortés. Es una enorme colección escondida detrás de una fachada frente a la que muchos capitalinos habíamos pasado cientos de veces sin imaginar lo que algún día terminaría guardando.
20. Museo Casa Montejo — Mérida, Yucatán
Éste juega en otra categoría. No necesita una colección gigantesca porque uno de sus grandes objetos es la propia casa, construida en el siglo XVI por instrucciones de Francisco de Montejo y todavía reconocible por su extraordinaria fachada plateresca.
Recorrerla permite asomarse a otra época de Mérida y entender parte de la historia de la ciudad a través de sus espacios domésticos. Es pequeño frente a algunos gigantes de esta lista, pero tiene muchísimo encanto y demuestra que un museo tampoco necesita ocupar diez mil metros cuadrados para valer la pena.
21. Museo de la Cultura Maya — Chetumal, Quintana Roo
Éste es uno de los museos más infravalorados del sureste mexicano, quizá porque está en Chetumal, lejos de los enormes flujos turísticos de Cancún y Riviera Maya. Su sala permanente está construida en tres niveles alrededor de una enorme ceiba o yaxché, representando la concepción maya del universo: inframundo, vida terrenal y bóveda celeste.
Hay maquetas, reproducciones, ambientaciones y elementos interactivos que permiten visualizar ciudades, arquitectura y cosmovisión maya de una manera extraordinariamente didáctica. No pretende competir con una colección arqueológica como la de Antropología; hace otra cosa igual de interesante: te ayuda a imaginar cómo funcionaba el mundo maya. Y lo hace extraordinariamente bien.
22. Museo Leonora Carrington — Xilitla, San Luis Potosí
Xilitla ya parece surrealista antes de entrar a un museo y entonces aparece Leonora Carrington. El recinto reúne decenas de esculturas originales, además de dibujos, litografías, fotografías, tapices y máscaras pobladas por animales fantásticos, criaturas híbridas y seres imposibles que parecen salidos de un sueño.
Pero quizá lo mejor sea el contexto. Carrington fue amiga de Edward James, el excéntrico poeta y mecenas británico que creó Las Pozas en Xilitla, así que puedes recorrer el museo, acercarte al universo de Leonora y después entrar a aquel jardín surrealista escondido entre la vegetación de la Huasteca. De pronto entiendes que aquí el surrealismo no está solamente dentro del museo: está en Xilitla.
23. Museo del Palacio de Bellas Artes — Ciudad de México
Éste sí era imperdonable olvidarlo. El Palacio de Bellas Artes es por sí mismo una de las grandes obras arquitectónicas de México, pero además guarda uno de los conjuntos fundamentales del muralismo mexicano. Ahí están Rivera, Orozco, Siqueiros y Tamayo; y entre todas las obras sobresale El hombre controlador del universo, la versión que Diego Rivera realizó en México después de que su mural original para el Rockefeller Center de Nueva York fuera destruido. Es una de esas historias en las que la obra se vuelve todavía más fascinante cuando conoces lo que ocurrió detrás de ella.
24. Palacio de Cultura Banamex – Palacio de Iturbide — Ciudad de México
No entra exactamente bajo los mismos criterios porque buena parte de su actividad gira alrededor de exposiciones temporales, pero dejarlo fuera sería absurdo. El antiguo Palacio de Iturbide es por sí mismo una maravilla del barroco novohispano y Fomento Cultural Banamex lo ha convertido durante décadas en escenario de extraordinarias exposiciones dedicadas al arte y al patrimonio mexicano.
Aquí puedes regresar varias veces y encontrarte algo completamente diferente. La exposición cambia; el palacio permanece. Y vale la pena conocerlo aunque solamente sea para entrar, detenerte unos segundos y levantar la mirada.
25. Museo Maya de Cancún — Quintana Roo
En medio de la Zona Hotelera de Cancún, rodeado de hoteles, playas y enormes complejos turísticos, aparece algo que uno no esperaría encontrar: un museo arqueológico acompañado de una auténtica zona arqueológica maya. El Museo Maya de Cancún resguarda una de las colecciones mayas más importantes del país, con piezas procedentes de Quintana Roo y de sitios como Palenque, Chichén Itzá y Comalcalco, dentro de un edificio contemporáneo diseñado para integrarse con la selva y el paisaje de la Laguna Nichupté.
Pero lo que lo vuelve verdaderamente especial es que la visita no termina en las vitrinas. Desde el propio museo puedes continuar caminando hacia la Zona Arqueológica de San Miguelito, un antiguo asentamiento maya del Posclásico con estructuras ceremoniales, administrativas y habitacionales escondidas entre la vegetación. Es una combinación extraordinaria: primero observas las piezas, entiendes la cultura y después sales a caminar entre los edificios de quienes las crearon. Museo, arqueología, selva y, afuera, Cancún. Difícil pedir un mejor contexto.
26. Museo Nacional de la Muerte — Aguascalientes
¿Cómo haces un museo sobre algo que nadie puede coleccionar? La muerte no es un objeto y, sin embargo, México ha construido alrededor de ella todo un universo cultural. Ésa es precisamente la genialidad del Museo Nacional de la Muerte de Aguascalientes. Su acervo supera los dos mil objetos e incluye piezas prehispánicas y coloniales, además de una importante colección donada por el grabador Octavio Bajonero.
Quizá no tenga la monumentalidad de Antropología ni una colección comparable con los grandes museos de arte del país, pero el concepto me parece extraordinario: utilizar arte, historia, iconografía y cultura popular para intentar explicar cómo los mexicanos hemos representado, temido, celebrado y hasta ridiculizado la muerte. Sólo por haber convertido algo tan intangible en el tema central de un museo, merece estar aquí.
27. Museo Nacional del Títere — Huamantla, Tlaxcala
Hay museos que te recuerdan que prácticamente cualquier aspecto de la cultura humana puede contar una historia extraordinaria. ¿Un museo dedicado a los títeres? Sí, y es una locura. En Huamantla, una ciudad estrechamente vinculada con la histórica compañía de títeres Rosete Aranda, encuentras un museo que convierte marionetas, personajes, escenarios y mecanismos en una ventana hacia una forma de entretenimiento que durante generaciones recorrió México.
Y ésa es precisamente su maravilla: entras pensando que vas a ver juguetes y terminas descubriendo un pedazo de la historia del espectáculo mexicano. Es especializado, inesperado y completamente diferente a casi todo lo demás de esta lista. No todos los grandes museos necesitan hablar de grandes imperios; algunos pueden contar historias extraordinarias con pequeños personajes movidos por hilos.

28. Museo Anahuacalli — Ciudad de México
Éste sí tiene que estar. El Anahuacalli es espectacular por donde lo veas, porque resulta difícil saber dónde termina el museo y dónde comienza la obra de Diego Rivera. El edificio fue concebido por el propio artista, con la colaboración de Juan O'Gorman, utilizando piedra volcánica del Pedregal y referencias arquitectónicas mesoamericanas. El resultado parece un enorme templo moderno levantado sobre la lava del Xitle.
Y después está la colección. Diego reunió decenas de miles de piezas prehispánicas a lo largo de su vida; el museo conserva alrededor de 39,000 y exhibe una selección de aproximadamente 2,000. Pero quizá lo más interesante es que Rivera no quería que aquello fuera simplemente un museo arqueológico: quería que el arte del México antiguo siguiera inspirando al México del futuro. Arquitectura, paisaje, colección y pensamiento pertenecen aquí a una misma obra. Pocos museos mexicanos tienen una identidad tan poderosa.
29. Museo Dolores Olmedo — Ciudad de México
Y éste merece regresar a la lista por la puerta grande. Después de permanecer cerrado desde 2020, el Museo Dolores Olmedo reabrió en mayo de 2026 en su histórica sede de La Noria, Xochimilco. Regresaron las colecciones, la hacienda, los jardines y también esos habitantes que hacían que visitar el museo fuera una experiencia completamente diferente: los pavorreales y los xoloitzcuintles.
La colección por sí sola justificaría la visita: el recinto presume la mayor colección reunida en un museo de obras de Diego Rivera y Frida Kahlo, acompañada por arte prehispánico, novohispano y popular. Pero el Olmedo siempre fue más que sus paredes. Recorrer aquella hacienda entre jardines, encontrarte un pavorreal abriendo la cola mientras vas de camino a ver un Rivera y tener a los xoloitzcuintles formando parte del paisaje hacía que el museo tuviera personalidad propia. No he regresado desde su reapertura, pero el Dolores Olmedo que conocí antes de 2020 era, sin duda, uno de los museos más extraordinarios de México.
30. Fundación Miguel Alemán, Ciudad de México
No es propiamente un museo y por eso la dejaría como una última mención especial, pero la Fundación Miguel Alemán resguarda una de las colecciones históricas de armas que más me han sorprendido en México. Ahí puedes encontrarte desde fusiles vinculados con la historia militar mexicana, como los Mondragón, hasta pistolas y armas de uso personal pertenecientes a expresidentes y secretarios de Estado, además de espadas, sables y piezas asociadas con distintos episodios de nuestra historia, incluso con personajes como Hidalgo y Morelos. Más allá de la fascinación que puedan provocar las armas como objetos, lo extraordinario es observarlas como documentos históricos: tecnología, poder, guerras, Independencia, Revolución y construcción del Estado contados a través de los objetos que acompañaron a sus protagonistas. Es una colección museística impresionante y poco conocida que, de alguna manera, también ayuda a explicar una parte de lo que somos. Después de todo, nuestro propio Himno Nacional comienza recordándonos que somos “mexicanos, al grito de guerra”.
Y uno fuera de competencia: Museo de la Hotelería Mexicana — Orizaba, Veracruz
Éste no entra propiamente en la lista de “los mejores museos de México”, pero si estamos hablando desde Expertos en Turismo, teníamos que mencionarlo. Orizaba alberga el Museo de la Hotelería Mexicana, un pequeño recinto dedicado a contar la evolución del hospedaje en nuestro país mediante habitaciones de distintas épocas, mobiliario, recepción y objetos vinculados con la actividad hotelera.
¿Es comparable con Antropología, Soumaya o el Museo del Desierto? No, y tampoco necesita serlo. Tiene una particularidad maravillosa para quienes trabajamos en turismo: es un museo dedicado a nuestra propia industria. Y ya estando en Orizaba, mi recomendación no sería visitar solamente éste, sino aprovechar el pase turístico que permite acceder a varios museos municipales y convertir la visita en un pequeño recorrido museístico por la ciudad. A veces la experiencia no está en un solo recinto, sino en descubrir cómo una ciudad convirtió sus museos en parte de su producto turístico.

Una joya que dejamos perder — El Palacio, Campeche
Y también hay que hablar de los museos que perdemos. Frente a la Plaza de la Independencia de Campeche existió El Palacio Centro Cultural, uno de esos museos que quizá nunca apareció entre los grandes nombres nacionales, pero que hacía extraordinariamente bien algo fundamental: contar la historia de su ciudad. Tenía maquetas, videomapping, salas interactivas sobre las fortificaciones, el comercio marítimo y los ataques piratas, además de una magnífica recreación de la cubierta de un galeón que todavía sobrevive parcialmente.

Con los años, buena parte de aquella museografía desapareció y el espacio cambió de vocación; incluso el Museo de Arte Contemporáneo que posteriormente ocupó parte del inmueble fue desmantelado poco tiempo después. Y quizá ésta sea también una reflexión necesaria cuando hablamos de los mejores museos de México: no basta con inaugurarlos, hay que conservarlos. ¿Cuántas colecciones, museografías y proyectos extraordinarios hemos perdido simplemente porque una administración dejó de interesarse en lo que hizo la anterior? Crear un buen museo cuesta años, dinero, investigación y talento; dejarlo desaparecer puede tomar solamente una decisión.
México cabe en un museo... o quizá necesita muchos
Después de hacer esta lista queda bastante claro que sería imposible explicar México desde un solo recinto. Necesitaríamos los dinosaurios de Coahuila, Paquimé, los mayas de Yucatán, Campeche y Quintana Roo; el barroco de Puebla; los retablos de Tepotzotlán; el surrealismo de Xilitla; las colecciones privadas de Monterrey y Ciudad de México; un castillo, un templo mexica y hasta un pequeño museo dedicado a la hotelería.
Porque un buen museo conserva objetos. Un gran museo consigue que quieras conocer la historia detrás de ellos. Y México, afortunadamente, está lleno de éstos.
Seguramente faltaron muchos. Ésta no pretende ser una lista definitiva, sino una selección construida desde la experiencia, desde aquellos museos que me han sorprendido y que recomendaría visitar. Pero si sólo pudieras comenzar por uno, ve al Museo Nacional de Antropología.
Después hablamos.






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