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10 cosas que el Camino de Santiago me enseñó sobre la vida

hace 1 día
9 min de lectura

En abril de 2019 salí de Gijón con una mochila, una ruta por delante y la intención de llegar caminando hasta Santiago de Compostela.

Once días y alrededor de 350 kilómetros después llegué.

En aquel momento grabé prácticamente todo. Los paisajes, los albergues, la comida, las personas que fui encontrando, los momentos de cansancio, los primeros 100 kilómetros y hasta aquella noche en la que llegué tan tarde que el albergue público estaba cerrado y por un momento pensé que tendría que dormir en la calle.

En el video que hice entonces dije algo que sigo pensando: hay un antes y un después de haber realizado el Camino de Santiago.



Pero algunas cosas solamente se entienden con distancia.

Años después, cuando vuelvo a mirar aquellas imágenes, ya no veo solamente un viaje por Asturias y Galicia. Veo pequeñas lecciones que en ese momento estaba viviendo sin saber que algún día las entendería de otra manera.

Porque el Camino se parece muchísimo a la vida.

Tienes un destino, pero no puedes llegar a él inmediatamente. Tomas decisiones. Te cansas. Conoces personas. Algunas caminan contigo. Otras desaparecen. Hay lugares en los que quisieras quedarte, momentos en los que quisieras abandonar y paisajes que solamente puedes apreciar porque sabes cuánto te costó llegar hasta ellos.

Estas son diez cosas que el Camino me enseñó sobre la vida.


1. La vida no se puede comer de un solo bocado

El Camino es como un gran bocado que no te puedes comer en un solo momento. Necesitas tiempo y pasos para poder hacerlo.

Recuerdo perfectamente la sensación de alcanzar mis primeros 100 kilómetros. Había salido con más de 300 por delante y, de pronto, una tercera parte ya estaba detrás de mí. Para alguien como yo, que necesita saber cuánto lleva y cuánto falta, aquello era importante.

Pero también comprendí que pensar permanentemente en la totalidad del recorrido podía ser abrumador.

Nadie camina 350 kilómetros de un solo paso.

Caminas uno. Después otro. Terminas una etapa. Duermes. Al día siguiente vuelves a levantarte y continúas.

En la vida queremos hacer exactamente lo contrario. Queremos saber cómo termina todo antes de empezar. Queremos que los proyectos funcionen inmediatamente, alcanzar las metas cuanto antes y resolver en semanas aquello que quizá necesite años.

El Camino me enseñó que hay cosas que simplemente no funcionan así.

Algunas metas son demasiado grandes para comérselas de un solo bocado. Hay que dividirlas en etapas y tener la paciencia suficiente para avanzar un poco cada día.

Hasta que un día volteas hacia atrás y aquello que parecía inmenso ya está detrás de ti.


2. Tú eliges qué Camino quieres recorrer

Una de las primeras cosas que aprendes es a seguir las vieiras, esas conchas que aparecen durante la ruta y que indican hacia dónde continuar.

Pero incluso teniendo señales, las decisiones siguen siendo tuyas.

No existe una sola manera de hacer el Camino. Puedes elegir dónde comenzar, cuánto caminar, dónde dormir, qué comer, dónde detenerte y con quién compartir parte del recorrido. Incluso puedes decidir qué Camino hacer.

Y de esas decisiones dependerán muchas de las experiencias que tendrás.

La vida tampoco viene con una ruta única.


Elegimos permanentemente y cada elección nos lleva hacia determinados paisajes mientras nos aleja de otros. Muchas veces miramos la vida de alguien más y deseamos aquello que encontró sin detenernos a pensar en las decisiones que tuvo que tomar para llegar hasta ahí.

Elegir un camino significa inevitablemente renunciar a otros.

Por eso quizá una de las preguntas más importantes que podemos hacernos de vez en cuando no es cuánto nos falta para llegar, sino si seguimos caminando hacia el lugar al que realmente queremos ir.


3. Para llegar lejos necesitas constancia

Mi primer día fue probablemente el más duro. Caminé durante horas hasta llegar al albergue municipal de Avilés y todavía faltaba prácticamente todo el Camino.

Después llegó el segundo día.

Luego el tercero.

Y así sucesivamente.

El Camino no se puede hacer en poco tiempo. Puedes acelerar, puedes correr y puedes intentar avanzar muchísimo durante una jornada, pero al día siguiente tendrás que volver a levantarte.

Ahí entendí que avanzar rápido no necesariamente significa llegar lejos.

Para llegar lejos necesitas perseverancia. Necesitas administrar tus fuerzas y aceptar que no todos los días serán extraordinarios. Habrá jornadas en las que te sentirás capaz de caminar para siempre y otras en las que simplemente poner un pie delante del otro será suficiente.

La vida se construye de una manera bastante parecida.

Las grandes metas rara vez son producto de un esfuerzo espectacular realizado una sola vez. Normalmente son el resultado de cientos de pequeños esfuerzos que nadie vio.

No necesitas conquistar el mundo todos los días.

Necesitas continuar.



4. Algunas personas caminarán contigo; otras solamente compartirán una etapa

En el tercer día conocí a Raúl y a Ana, un español y una regiomontana. Después aparecieron personas de Alemania, Cuba, Canarias y muchos otros lugares.

Comíamos juntos, caminábamos, platicábamos y compartíamos experiencias.

Una de las cosas más interesantes del Camino es la facilidad con la que personas completamente desconocidas pueden generar vínculos muy fuertes. Quizá sucede porque todos llevan una mochila, todos están cansados y todos, por razones distintas, avanzan hacia un mismo punto.

Las formalidades desaparecen bastante rápido cuando llevas kilómetros caminando al lado de alguien.

Pero también sucede algo inevitable: los ritmos cambian.

Alguien quiere descansar. Otro quiere avanzar. Alguien se queda en un pueblo. Otro continúa hasta el siguiente. Las personas con las que compartiste horas o días terminan tomando otro ritmo y, muchas veces, no vuelves a encontrarlas.

El Camino me enseñó que no todas las personas que llegan a nuestra vida tienen que acompañarnos hasta el final para haber sido importantes.

Algunas caminarán cientos de kilómetros contigo.

Otras compartirán una sola etapa.

Y habrá quienes estén solamente unas horas, pero te dejen una conversación que recordarás durante años.

Aprender a disfrutar a las personas mientras nuestros caminos coinciden y saber dejarlas ir cuando se separan también forma parte de caminar.


5. No todo aquello que puede detenerte es malo

El Camino también se come y se bebe.

Hubo comida asturiana, caldo gallego, carne, orujo, bares, sobremesas y conversaciones con personas que acababa de conocer.

Y eso también es el Camino.

Hay momentos en los que la compañía es tan buena, la conversación tan interesante o el lugar tan agradable que uno podría quedarse ahí muchísimo más tiempo.

Con los años entendí que ahí había otra lección.

No todo aquello que puede alejarnos de una meta tiene necesariamente la apariencia de un problema.

A veces es exactamente lo contrario.

Puede ser un lugar maravilloso, una conversación fascinante, una fiesta, una relación, una comodidad o simplemente un momento de la vida en el que estamos tan a gusto que continuar deja de parecernos urgente.

Y quizá por eso algunas decisiones son tan difíciles.

No se trata de despreciar aquello que encontramos en el trayecto. Hay que disfrutarlo. Hay que sentarse, comer, beber, conversar, reírse y vivirlo.

Pero también hay que recordar hacia dónde íbamos.

Porque madurar también significa entender que podemos amar profundamente un momento sin necesitar convertirlo en nuestro destino.


6. No todos hacemos el Camino por la misma razón

El Camino de Santiago nació como una peregrinación religiosa hace más de mil años, pero hoy sus motivaciones son muchísimo más amplias.

Eso ya lo decía mientras caminaba: existen razones religiosas, espirituales, deportivas, culturales, turísticas y reflexivas.

Yo veía personas recorriendo la misma vereda por razones completamente diferentes.

Y eso me hizo pensar en algo que después he encontrado muchas veces fuera del Camino: dos personas pueden caminar exactamente por el mismo lugar sin estar haciendo el mismo viaje.

Uno puede estar cumpliendo una promesa. Otro buscando a Dios. Alguien tratando de encontrarse a sí mismo. Otro simplemente quiere comprobar que físicamente puede hacerlo.

Y ninguno necesariamente está equivocado.

En la vida tenemos una enorme facilidad para juzgar el camino de los demás utilizando nuestras propias motivaciones como medida. Suponemos que deberían querer lo que nosotros queremos, avanzar a nuestro ritmo o encontrar satisfacción en las mismas cosas.

Pero cada persona lleva una historia dentro de la mochila que nosotros no conocemos.

El Camino no tiene que significar lo mismo para todos.

La vida tampoco.


7. El Camino lo haces tú, pero nunca estás completamente solo

Nadie podía caminar aquellos 350 kilómetros por mí.

Cuando me dolían las piernas eran mis piernas. Cuando estaba cansado era yo quien tenía que continuar. Cuando llegué tarde y encontré cerrado el albergue, fui yo quien tuvo que resolver dónde iba a dormir.

Hay una parte del Camino que inevitablemente haces solo.

Y hay una parte de la vida que también.

Pero eso no significa estar completamente solo.


El cariño de tus amigos, de tu familia y de la gente que te quiere puede impulsarte incluso desde miles de kilómetros de distancia.

Hay caminos que nadie puede recorrer por nosotros, decisiones que nadie puede tomar en nuestro lugar y dolores que nadie puede sentir exactamente como nosotros.

Pero saber que alguien está ahí cambia completamente la manera de enfrentarlos.

Con los años entendí que independencia y soledad no son lo mismo.

Hay cosas que solamente tú puedes hacer.

Pero puedes hacerlas acompañado por el amor de muchísima gente.


8. Dios te dio una maquinaria extraordinaria para recorrer este mundo

Después de varios días caminando empiezas a relacionarte de una manera diferente con tu propio cuerpo.

Te duelen los pies. Sientes las piernas. La espalda protesta. Descubres músculos cuya existencia probablemente habías ignorado.

Y al mismo tiempo empiezas a maravillarte de lo que eres capaz de hacer.

Más de 300 kilómetros.

Un paso detrás de otro.

Dios nos provee de una maquinaria impresionante de carne y hueso para que nuestra alma pueda surcar este mundo terrenal.

Y quizá no la agradecemos lo suficiente.

Tenemos brazos, piernas, ojos capaces de contemplar un atardecer y un cerebro pensante que nos permite decidir hacia dónde queremos avanzar.

Nos quejamos de nuestro cuerpo con muchísima facilidad y agradecemos muy pocas veces todo lo que hace por nosotros.

Los pies que duelen son también los pies que te llevaron hasta ahí.

Las piernas cansadas son las que siguen sosteniéndote.

Los ojos que al final del día quieren cerrarse son los mismos que pudieron contemplar paisajes extraordinarios.

Estar vivo también debería ser motivo de gratitud.

Poder caminar, mirar, pensar, decidir y avanzar es un privilegio.


9. Hay que hacerse fuerte sin dejar de mirar el paisaje

Hay un momento del video que hoy me parece especialmente significativo.

Estoy frente a uno de esos paisajes impresionantes que aparecen durante el Camino y digo que alguien podría llegar hasta ahí en autobús o en automóvil, pero que para mí aquello “sabía a gloria” porque cada paso para llegar había costado.

Cada paso se había sentido.

Cada paso había dolido.

Eso cambia la manera en la que miras un paisaje.

Porque hay cosas cuya belleza también depende de lo que tuviste que hacer para llegar hasta ellas.

El Camino tiene veredas duras. Hay cansancio, lluvia, dolor y momentos en los que seguramente preferirías estar en cualquier otro lugar.

Hay que hacerse fuerte para continuar caminando sobre ellas.

Pero también sería absurdo atravesar Asturias y Galicia mirando únicamente tus zapatos.

La vida puede convertirse fácilmente en eso. Podemos estar tan concentrados en alcanzar la siguiente meta, resolver el siguiente problema y superar la siguiente dificultad que terminemos olvidándonos de mirar aquello que tenemos alrededor.

Hay que hacerse fuerte para caminar sobre la dura vereda y, al mismo tiempo, disfrutar el paisaje.

Hay que aprender a perseguir una meta sin convertirnos en esclavos de ella.

Y hay que conservar la capacidad de sonreír cuando las cosas se complican.

Porque solo los fuertes sabemos reírnos frente a la tormenta.


10. Hay gente que admira palacios porque no puede ver la belleza de un camino

Después de once días caminando llegó un momento extraño.

Me faltaban solamente 16 kilómetros.

Después 4.7.

Y finalmente apareció Santiago.

Recuerdo caminar siguiendo las luces hacia la Catedral después de más de 300 kilómetros y entrar en aquella plaza.

Por supuesto que la Catedral es impresionante.

Pero después de tantos días entendí que lo verdaderamente extraordinario no era solamente aquello que tenía frente a mí.

También estaba detrás.

Eran los caminos rurales de Asturias. Los bosques de Galicia. Una vieja escuela convertida en albergue porque ya no había niños en el pueblo. Las fuentes que durante siglos habían dado agua a los peregrinos. Las personas con las que compartí comida. Los lugares en los que dormí. Las conversaciones. Los pies cansados. Los atardeceres. La incertidumbre de no saber dónde dormiría aquella noche.

Y todos aquellos kilómetros.

Estamos acostumbrados a reconocer fácilmente la belleza de lo monumental. Admiramos catedrales, hoteles, monumentos y palacios porque fueron construidos precisamente para impresionarnos.

Pero existe otra belleza que requiere un poco más de atención.

La belleza de una vereda.

De unos zapatos llenos de tierra.

De una conversación con un desconocido.

De sentarte porque las piernas ya no pueden más.

De mirar hacia atrás y descubrir que aquellas montañas que ahora se ven lejanas son precisamente el lugar desde el que caminaste.


Hay gente que admira palacios porque no puede ver la belleza de un camino.

Cuando llegué a Santiago, frente a la cámara dije que aquel viaje había cambiado completamente mi vida.

En ese momento probablemente todavía no sabía explicar por qué.

Hoy creo que lo entiendo un poco mejor.

Salí de Gijón pensando que tenía que llegar a Santiago de Compostela. Y llegué.

Pero el Camino terminó enseñándome que el destino es solamente una parte del viaje.

Porque entre el lugar del que sales y aquel al que quieres llegar están las decisiones que tomas, las personas que conoces, aquellas que tendrás que dejar ir, las noches difíciles, las conversaciones que quisieras prolongar, el cuerpo que te sostiene, las tormentas que tendrás que atravesar y los paisajes que podrías perderte si solamente estás pensando en llegar.


El Camino es como la vida: demasiado grande para comértelo de un solo bocado.

Hay que recorrerlo paso a paso.

Hay que saber hacia dónde vamos, pero también permitirnos disfrutar aquello que encontramos mientras avanzamos.

Y después de tantos kilómetros entendí algo que quizá sea la enseñanza más importante de todas:

En la vida, como en el Camino, importa llegar. Pero importa todavía más todo aquello que tuvo que suceder —y en quién tuviste que convertirte— para poder llegar.


 
 
 

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