Santander: la España del norte que todavía se disfruta sin prisas
Mientras algunos de los grandes destinos de España y Europa, particularmente Barcelona, enfrentan problemas de saturación turística y hasta episodios de turismofobia, todavía existen lugares donde viajar conserva otro ritmo. Santander, en Cantabria, es uno de ellos.
Para muchos mexicanos, seguramente Santander nos resulte más familiar por el nombre del banco que por la ciudad. Yo tuve la oportunidad de vivir ahí durante seis meses y, curiosamente, han pasado casi seis años sin que escribiera una sola línea sobre ella.

Seis años sin escribir sobre Santander
Curiosamente, cuando vivía en Santander hice un video sobre la Península de la Magdalena que terminó convirtiéndose en uno de mis videos más vistos en YouTube. Y, sin embargo, después de aquello no volví a publicar prácticamente nada sobre Cantabria durante seis años.

La razón fue bastante simple: me acerqué entonces a la oficina de turismo con la intención de promover el destino en México y un funcionario me respondió, palabras más, palabras menos, que sus mercados de interés eran principalmente Alemania y Francia y que el mexicano no les resultaba particularmente atractivo. Me pareció una visión bastante corta y reconozco que aquella experiencia me quitó las ganas de seguir escribiendo sobre el destino. Pero seis años después entendí que sería absurdo permitir que la opinión de un burócrata definiera mi recuerdo de toda una región. Los funcionarios pasan; los destinos permanecen. Y Santander merece ser contada.
Una ciudad que tarda en conquistarte
Tampoco voy a romantizarla. Santander no siempre es una ciudad fácil para integrarse. El carácter cántabro puede sentirse reservado y me decían que tardaban en abrirte la puerta, aunque cuando finalmente lo hacían te trataban prácticamente como parte de la familia.
Durante aquellos seis meses hice pocos amigos realmente cercanos, pero algunos todavía permanecen. Quizá eso también define a Santander: no es un lugar que se esfuerce demasiado por conquistarte; tienes que descubrirlo poco a poco.

La Magdalena: cuando Santander se convirtió en destino
Una buena manera de comenzar a descubrirla es el Palacio de la Magdalena, quizá el mejor ejemplo de cómo Santander comenzó a construir su vocación turística.
A principios del siglo XX, la ciudad levantó y regaló a Alfonso XIII y Victoria Eugenia una residencia de verano. La presencia de la familia real ayudó a posicionar Santander como destino de veraneo entre las clases acomodadas españolas y alrededor de aquella nueva vocación surgieron algunos de sus grandes símbolos.
Hoy recorrer la Península de la Magdalena sigue siendo imprescindible. Además del Palacio, puedes encontrarte con su pequeño parque marino, con focas, leones marinos y pingüinos prácticamente frente al Cantábrico, además de las embarcaciones de Vital Alsar en El Hombre y la Mar.
El Sardinero: la postal de Santander
Después está El Sardinero, probablemente la imagen más emblemática de la ciudad: playa, paseo marítimo y esa arquitectura que todavía recuerda los años en que Santander se convirtió en uno de los grandes destinos de veraneo españoles.
Pero lo mejor de Santander es que el mar no solamente se contempla. Se vive.

Tomar una lancha y desaparecer en El Puntal
Desde Santander puedes subirte a una de las tradicionales lanchas que atraviesan la bahía hacia Somo, Pedreña y El Puntal, una enorme lengua de arena que, vista desde la ciudad, casi parece una isla.
Puedes cruzar la bahía, pasar unas horas en la playa, comer en alguno de sus chiringuitos y regresar por la tarde contemplando Santander desde el agua. No parece una experiencia extraordinariamente complicada y precisamente ahí está su encanto.
Aprender a navegar en el Cantábrico
Durante los meses que viví ahí también hice un curso de vela en las instalaciones vinculadas al CEAR de Vela Príncipe Felipe. Es otra forma de conocer Santander: no solamente caminar frente al mar, sino entrar en él.
Quien tenga algunos días puede incluso buscar experiencias o cursos de iniciación. Porque aquí aparece una de las características que más me gustan de Cantabria: la cantidad de cosas completamente diferentes que puedes hacer en un territorio relativamente pequeño.

Esquiar un día y navegar al siguiente
A relativamente poca distancia de Santander está Alto Campoo, la estación de esquí de la montaña cántabra.
Y eso permite una combinación que me parece extraordinaria: esquiar un día y navegar al siguiente. Nieve, montaña y Cantábrico dentro del mismo viaje.
Ésa es una de las grandes fortalezas turísticas de Cantabria. No depende de una sola atracción, sino de la combinación de mar, montaña, deporte, patrimonio, gastronomía, naturaleza y pequeños pueblos.

Cantabria también se come
También hay que conocer Cantabria con hambre. Está el cocido montañés, pero también las rabas, pescados y mariscos, las anchoas de Santoña, los quesos cántabros, los sobaos y la quesada.

No quiero recomendar demasiados restaurantes concretos porque los establecimientos cambian, abren y cierran, y quiero que este texto pueda seguir leyéndose dentro de algunos años. Mi recomendación es mucho más sencilla: camina, mira dónde comen los locales, entra y pide unas rabas.
Santander cuando cae la noche
Lo mismo sucede con la vida nocturna. Santander tiene zonas de bares, terrazas y lugares para salir, particularmente alrededor del centro, y es suficientemente pequeña para comenzar tomando algo tranquilamente y terminar descubriendo otro sitio unas calles después.
No esperes Madrid. No esperes Barcelona. Precisamente ésa es parte de su gracia.

Santander también está en el Camino de Santiago
Algo que muchos viajeros desconocen es que el Camino del Norte a Santiago de Compostela atraviesa Santander. Entre turistas, estudiantes y habitantes de la ciudad también aparecen peregrinos que continúan caminando hacia Galicia.
Pero Cantabria guarda otra peregrinación mucho menos conocida y que merece un viaje por sí misma.

Un camino hacia la Cruz de Cristo
Desde San Vicente de la Barquera parte el Camino Lebaniego, una ruta de unos 72 kilómetros que puede recorrerse durante varios días hasta llegar al Monasterio de Santo Toribio de Liébana.

Ahí se custodia el Lignum Crucis, considerado por la tradición cristiana uno de los mayores fragmentos conservados de la Cruz de Cristo.
Para quien quiere experimentar una peregrinación pero no dispone de varias semanas para hacer un Camino de Santiago completo, puede ser una alternativa extraordinaria: comenzar prácticamente frente al Cantábrico y caminar hacia el interior de Cantabria, acercándose a los Picos de Europa.

Santander puede ser sólo el principio
Y es que Santander funciona muy bien como puerta de entrada.
A partir de ahí aparecen Santillana del Mar, Comillas, San Vicente de la Barquera, Potes, Liébana y los Picos de Europa. En pocos días puedes pasar de una ciudad marítima a pueblos medievales, montañas y algunos de los paisajes más espectaculares del norte de España.

Ésa es quizá la mejor manera de entender Cantabria: no como una colección de atractivos aislados, sino como un territorio donde las experiencias están sorprendentemente cerca unas de otras.
La España que todavía se disfruta sin prisas
Santander no necesita competir con Barcelona, Madrid o las grandes capitales europeas. Tampoco necesita convertirse en un destino masificado.
Quizá su mayor privilegio sea precisamente conservar aquello que muchos lugares están perdiendo: la posibilidad de viajar sin sentir que tienes que hacer fila para experimentar el destino.

Puedes caminar por El Sardinero, recorrer un antiguo palacio real, encontrarte con pingüinos frente al Cantábrico, cruzar una bahía en lancha, comer unas rabas, aprender a navegar, seguir las señales del Camino de Santiago y al día siguiente encontrarte rodeado de nieve y montañas.
Seis años después de haber vivido ahí, finalmente entendí que aquella mala experiencia no tenía derecho a quedarse con mis recuerdos.
Santander merece ser contada. Es esa España del norte que todavía se disfruta sin prisas.






Comentarios